martes, 30 de diciembre de 2008

A propósito de una patada en los genitales

Se ha confirmado la sentencia que obliga a pagar 420 euros a un señor que propinó (de "propina") una tremenda patada en los mismísimos a otro señor sin capacidad para responder, pues fue tal el dolor, que aprendió euskera a grito pelado, viendo la injusta agresión/invasión a su pudendo y sufrido pueblo genital sin venir a cuento (o a cuenta) de un paisa entusiasmado con el discurso del lehendakari vasco. En declaraciones a Fefe, el agresor expresó su asombro (también en vascuence) ante tamaña multa (210 euros por testículo).

- Con gusto y gratis, le hubiera yo arreado dos hostias en la cara ésa de "besabanderas". De saber que me iba a costar casi 500 euros, me calzo las botas de mi abuelo con remaches de acero en la punta, coño.

Desde distintos medios de comunicación se han intentado obtener algunas palabras del agredido, pero ante los insólitos hechos en tierras tan civilizadas, sólo pudo prorrumpir en lágrimas fecundas (al parecer, es lo único fecundo que le queda), acompañadas de un romántico grito de guerra: "Me cago en la libertad".


Mr. Blog

Hace algún tiempo (corrían los años del desagrado y la confusión) conocí a un individuo sin nombre ni domicilio fijos, con cara de pocos amigos (a decir verdad, conservaba uno de la infancia con el que no se hablaba porque, entre otras razones, no sabían dónde encontrarse) y unas ganas terribles de hablar. Por aquel entonces yo era apocado (poca cosa, vaya), triste (a la manera romántica, es decir, un tanto, falsa) y bohemio tirando a despropósito humano (expresión paterna convertida con el paso de los años en saludo familiar). Llevaba bajo el brazo un mamotreto ajado por el uso, cuyo título recordarán sólo aquellos que tuvieran por costumbre, primero, leer, y, más importante, alardear de lo leído: "El oficio de escrivivir". Aquella mañana, precisamente, no andaba yo muy católico, entre perro abandonado y actor venido a menos, con cuatro copas de más y un pie fuera del estribo. Era otoño y venía con mala uva, el otoño, se entiende, aunque yo no le iba a la zaga. Me senté en un banco retirado del bullicio de unas palomas y un par de urracas bien alimentadas y se me acercó el señor del principio con una sonrisa antigua y unos no dientes, sin permiso.

- Tenga usted buenos días. ¿Importuno?
- No sabría decirle, pero gracias.

- Continúe con lo que estaba haciendo.
- Eso hago, buen hombre.
- Hasta mañana, entonces.

Y así surgió la muy comentada amistad entre un servidor y Mr. Blog.