domingo, 1 de marzo de 2009

Ustedes se preguntarán por qué no llueve nunca a gusto de todos. Pues, sigan haciéndolo y descubrirán que hay diversidad de opiniones, y ahí está el quid de la cuestión. Yo llevo toda la mañana entretenido en menesteres varios y domésticos (un arroz a la cubana, la lectura de los ensayos de Montaigne y escuchando a Johnny Cash en sus peores tiempos). Una vez que tenía el plátano frito por ambas caras, se me ocurrió, así de repente, que si pensáramos de igual manera y criterio, acabaríamos chocándonos unos con otros por las calles sin asfaltar, balbucearíamos un saludo porcino y Dios se apiadaría de nosotros y nos devolvería a nuestro estado más primitivo en busca del fuego. Creo que fue este regalo de Prometeo (el pobre, cómo acabó por la ira de Zeus) el que me trajo a las mientes este discurso vago e inútil... ¿qué serían de mis plátanos?, me pregunto. ¿Qué sería de nosotros nunca?, se preguntaba un tal Staton en Tierra baldía. Decidan ustedes qué pregunta es más inteligente, seria y capaz. Ya han tardado... es que los plátanos han tenido siempre muy buena fama y la ontología no tanto. En fin, como decía, nunca llueve a gusto de todos.
De hecho, yo, cuando llueve, me vuelvo inquieto como tierno vástago. La lluvia anuncia cambios, gratos unos, amenazadores otros, los más, previsibles de tan repetidos. La lluvia, sin acojonar, nos vuelve taciturnos y uraños y un poco gilipollas. Hablo de mí, por supuesto, pero les incluyo a ustedes, porque se me da una higa acertar o no. A ver si sólo va a globalizar Internet, la caja tonta o el conspicuo Eduardo Punset y su alma en el cerebro.
Creo que no voy bien, y es, pues, buena razón, por no decir, inapelable, para dejarlo ahora que puedo. Esto de filosofar por las buenas y a las buenas de Dios, no encaja con mi natural metódico y maníaco. Que os sirva de aperitivo, de invitación a no dejar que me ausente por tanto tiempo. Idos al carajo con Dios. VALE.