martes, 2 de junio de 2009

Don Comprendique (Parte última, gracias a Dios)

Como cabía esperar de tamaña arrogancia, mis días de misticismo barato y ramplón, terminaron como termina una frase mal construida, a trancas y barrancas, o como el graznido de un borracho en mitad de la noche sobria, en cruento y fétido silencio.
Con mi acervo teológico por mochila, unos dineros abandonados por misericordia paterna en mi faltriquera y unas audaces ganas de alejarme de mí mismo, al menos el que había sido (fingido ser) hasta ahora, cogí el primer tren que había con destino a París, cuna del existencialismo filosófico, al que me había aficionado más por eliminación que por convicción. También elegí la ciudad luminosa por ser fiel retrato en mi eufórica memoria de lo que un hombre de arte (es decir, artificioso) debe ser: bohemio, dandy o vendedor. Y en este orden. Por último, París fue mi destino por ser, o mejor, por no ser o no haber sido lugar de destino de mi padre.
Cuando llegué, el aguacero del poeta cayó sobre mí un día que quisiera olvidar. Lo hizo con furia, como avisándome de que el trato francés iba a ser eso, muy francés, y que mis remilgadas maneras de hijo de diplomático y de niño bien iban a ser respondidas con la firmeza y entereza tan propias del alma parisina. O sea, que las iba a pasar putas (he preferido este término a "canutas" por conocer de primera mano la vida de aquéllas y no saber muy bien cómo es la de éstas). Y las pasé, vaya si las pasé. Sin honor y sin gloria.
Mi francés en falsete, cantado y teatral y tan poco natural como el del actor de mediados de siglo XX, Sacha Guitry, seducía a las jóvenes estudiantes, pero muy poco al género resistente y gabacho de los hombres, que tan pronto querían acusarme de seducción como de sedición. En estos casos, lamentablemente frecuentes, se hacía necesaria la inmediata y muy suya despedida. En pocos meses comprendí que la relación con franceses (más tarde, habría de incluir otras nacionalidades... demostración coherente de que hay ciertas fronteras que sólo existen porque sí y de que la condición humana sobrecoge y apabulla) tendría que ser distante y apurada, para correr más y mejor y con ventaja y holgura, que sé de algunos de esta pecaminosa y libertina y libertaria ciudad que gustan de apalizar a extranjeros como en una piñata humana (o inhumana, según se mire o se golpee).
Por fortuna, las mujeres se acercaban con dulzura y expectantes, mezcla de apasionadas lujurias e íntimas reflexiones, lo que me permitió durante varios años cultivar no sólo su amistad y ciertos privilegios, sino también de favores más caudalosos y propios de la supervivencia. En otras palabras, que para eso las hay, fui un mantenido, prostituto y vago a partes más o menos iguales hasta que comprendí que tarde o temprano habría de doblar el espinazo antes de que algún celoso marido o prometido, un vengador de honras o matón a sueldo me doblara otros miembros.
Soy guapo y elegante, atlético y dotado (ver foto de anterior entrada). Ya en el seminario fui objeto de tentaciones contra natura, absteniéndome de facilitar la condenación de aquellos pobres y castos y futuros predicadores y, de paso, de la mía (y algún que otro confesor de frágil fe y aún más liviana enmienda)... pero eso ya pasó y comprendí que, otra vez, vaya por Dios, la naturaleza humana es desequilibrada e inconstante, incluso entre seres entregados y contumaces que se rebelan contra la tiranía de la tibieza.
París fue una fiesta, de hecho, en mi caso, fue una orgía desatada, promiscua e infértil que duró lo que dura un regalo feo y disarmónico de un amigo torpe en una casa. Uno lo conserva por respeto o por miedo, o ambos, hasta que una mudanza lo pierde adrede o por descuido. Me refiero al regalo, no al amigo (¡caramba con el castellano! ¡Qué intrincado es! El tirolés es menos equívoco).
De vivir de las mujeres pasé a vivir a secas y a duras penas. Una feroz psoriasis (sarna en griego), heredada de mi madre, arruinó mi fresca belleza, y, con ella, la lozanía y la desvergüenza, amén de los ahorros que nunca lo fueron y los socorros femeninos, que sin dejar de ser auxilios pasaron a ser pedidos a gritos, tal era ahora mi volcánica cara y escocido torso y rascadas extremidades. De Felipe Neri de Agostini, apodado el Hermoso, me convertí en el nuevo Quasimodo... Quasi para los pocos que se apiadaban de mi justo castigo. No fue Notre Dame, la dolorosa catedral que me acogió, sino mi muy olvidado padre (ya viudo y medio ciego), convertido en pródigo templo de perdón y piedad. Enterado de mi situación por un conservado amigo rumano de la embajada en París, recorrió los muchos kilómetros que separaban la dalmática Zadar de la lúbrica y republicana ciudad vital donde yo desesperaba, me miró (con esa mirada cansada de los viejos, pero también de los que están perdiendo la vista) y me soltó en su italiano recuperado como una pavesa que arde sin oficio: "Verrà la morte e avrá tui ochhi". Yo comprendí que nada habría de faltarme en los todavía feroces brazos de mi padre y entre ellos me quedé muchos años hasta su muerte en que decidí ingresar en aquel monasterio de mi vana y envanecida juventud, al que se retiraba el santo al que debo mi nombre, Monte Cassino, y dedicar mis días, ya escasos, a la oración y a escuchar más que a comprender, y a hacer antes que merodear, y a dejarme llevar por el rostro de Dios antes que por este rostro mío desfigurado que con el tiempo y mucho silencio formó parte del recoleto paisaje de aquellas benitas cumbres. Mi nombre entre los monjes fue y sigue siendo, sin perjuicio ni orgullo, fray Comprendo.