jueves, 14 de mayo de 2009

El hombre que se reía en sueños (Parte I)

Sólo aquellos que sonríen después de toda una vida, han comprendido el sencillo misterio y sonríen porque se lo llevan a la tumba

Hubo un hombre, en mis recuerdos soñado, que, en sueños solía reírse... quizá de sí mismo y de lo ya vivido, o quizá de lo que viviría una vez despertara. Nunca se sabrá, pues, ¿quién, entre vosotros, humildes lectores, ha logrado reconstruir con la despejada mente del amanecer el extraordinario y misterioso puzzle que el subsconciente crea y recrea para deleite de los traviesos soñadores de hombres? [¡Vaya preguntita me he marcado, con dos pares! ¡Qué tendrá mi retorcida inteligencia -o qué no tendrá, dirán algunos amigos de lo ajeno- que no se conforma con una oración principal y otra subordinada!]
Hubo un hombre, decía, que se reía en sueños como quien lo hace en la vigilia. Tenemos noticia y constancia de tal y asombroso hecho por la esposa, que aún vive, Dios le guarde la memoria y al finado esposo en su gloria. Doña Antonia, de natural encogido y tímido, se soltaba cuando hablaba de su difunto, a quien amaba por encima y por debajo, incluso de lado, si preciso fuera, y lo hacía con claridad y desparpajo, no omitiendo detalles íntimos que ruborizarían a jenízaros y mogoles después de sangrienta batalla.
El matrimonio Estévanez, la ya mentada Antonia y el sonriente soñador Isidro, duró lo que dura media centuria, bodas doradas celebradas por todo lo alto en el bajo de la parroquia que los vio contraer nupcias y estómago, aunque no con el mismo sacerdote, que al primero se lo llevó la porfiria. El segundo, don Indalecio, joven paulino de 73 años, a punto del retiro obligado, dijo al concluir la ceremonia: "¡Vaya par de tortolitos estos Estévanez! Si por mí fuera, los casaría todos los días. A mí me da que la luna de miel les ha durado hasta hoy. La ciencia es que avanza una barbaridad". No hubo tiempo para preguntarle al párroco el gozoso significado de sus últimas palabras (las de la frase que pronunció, caramba, que el Indalecio de nuestra historia aún habría de durarnos un lustro, pero ya de eminente emérito, con destino al monasterio carmelita de las Batuecas).
A esos cincuenta años hay que añadirles dos más, los que permaneció vigilante y durmiente, según uno se levante o se acueste, nuestro Isidro. Cincuenta y dos años sin hijos, aunque también sin apenas dineros, ni parientes conocidos, ni viajes (salvo uno al pueblo de la mujer, Antonia, por motivos de herencia que no heredó, hace ya tanto que el pueblo tiene otro nombre), poco más de medio siglo en el mundo, juntos y también algo revueltos, dedicados a nutrir sus vidas con el amor y devoción de inexpertos enamorados, paseando de la mano por los castañares y robledales de Zarzalejos (pueblo de España, en la raya íbera, bañado por el Tajo y una luz atlántica que para sí quisieran los brumosos y tristes pueblos del norte), practicando carantoñas y caricias y risas que luego perfeccionarían en la intimidad del hogar.
Isidro era fraguador, herrero de vocación desde que vio de niño el cuadro velazqueño de Vulcano y sus muchachos, sudorosos y hercúleos, atizando con el silencioso martillo el sin queja yunque ni lágrima. A los 12 años entró de aprendiz a la herrería de don Eufrosio, que lo trató como lo que era, un ganapán atento y dispuesto. Depuró la técnica hasta el punto de hacer cerrajes con filigrana, siendo muy celebradas años más tarde, las verjas con motivos florales y las cancelas jónicas. Cuando contaba la edad de 19 años, chaparro pero elegante, ceremonioso y algo pisaverde, yendo de camino a la misa de 12, topóse con la joven y hermosa Antoñita, acompañada de su hermana mayor, bastante mayor para ser hermana -decían las malas y descaradas lenguas-, bella también aunque fría. Al pasar junto a aquella pareja de hermanas, elevó una sonrisa a los cielos como quien eleva una plegaria, de hecho fue plegaria aquella sonrisa pues pedía con todas sus fuerzas que la tierna Antonia le devolviera la plegaria, quiero decir la sonrisa. Como así fue, y una brisa de mediodía tumbó la desdicha y la desgana, y la desidia... hasta la homilia de quien fuera ministro de aquella iglesia, el de la porfiria, se hizo grata y dulce y todo el pueblo, menos uno (siempre hay uno en el pueblo que lleva la contraria) celebró aquel día, que terminó entrada la noche, con una espontánea romería a la ermita de la Virgen de Loreto, tan improvisada que a nadie se le ocurrió llevar comida ni pertechos para la campestre campaña, por no llevar no llevaron al menos uno, que quedóse en el pueblo, solo y regañado como el perro atado y sin comer. No importó, que ya hubo quien se encargó de pescar del caudaloso río, decenas de tencas, y otro y alguno más, recogió frutas y níscalos tardíos, y el agua no habría de faltar, pues corría saludable y nemorosa a raudales. ¡Qué fiesta aquella sin fiesta alguna que celebrar! ¡Qué dichoso domingo romero en que el arrogante herrero Isidro y la preciosa Antonia se conocieron para nunca más separarse!

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Como viene siendo habitual en estas historias blogueras, me tomo un descanso de varios días hasta que retome donde lo dejé, si la pereza me lo permite. Y si no, disculpen las molestias o, mejor, culpen al molesto, que es más fácil y desfoga más.

sábado, 9 de mayo de 2009

Dicibantur ille... Decíamos ayer

Ante la masiva respuesta que ha sucitado mi anterior entrada, y en modo alguno puede ser considerada -la respuesta- ni grata ni gratificante, sólo me queda pedir disculpas o rendir cuentas. Siendo lo primero bastante sencillo, lo segundo es como los mitos de Sísifo y de Prometeo juntos. Pues, ¿puede alguien de alma noble y corazón humilde decirme si al rendir cuentas ante los hombres o ante al Altísimo, no ha sentido un escalofrío en la cerviz como si fuera a ser decapitado por una salvaje y certera espada?
Errático, como de costumbre, socarrón a ratos y confundido siempre, mi idea de la esperanza, nacida al albur de mis metódicas aunque romas lecturas de la obra de Gabriel Marcel, se ahogó en su propio vómito verborreico y petulante para acabar siendo pasto de filósofos buitres y carroñeros místicos sin escrúpulos (aunque parezcan insultos, sólo pretendo figurarme a los maestros metafísicos alimentándose de mis errores e inútiles observaciones).
Rendir cuentas como quien rinde plaza (véase la anterior y poco triunfante entrada) consiste sobre todo en una valiente autoestima (entendida como los antiguos lo hacían, contemplarse con todo el acervo que uno es, hace y representa, y no como en nuestros días que a cualquier chiquillo con ínfulas de hombre le decimos sin ton ni son que la autoestima es poco menos que ser, hacer y representar una jodida y estúpida etiqueta ante los demás, por ver si somos aceptados, comprendidos y amados... ¡Vaya por Dios!). Reconocer no sólo el error -a gritos voceado por las calles y plazas-, no sólo enmendarlo o intentar corregirlo, también, y, especialmente, dejarse re-coger (los despojos que aún quedan y las sobras que uno es) por el rastrillo de Dios, entregarse en alma y cuerpo a la meditación y, si cabe y se sabe, a la oración. Únicamente así entiendo yo la expresión "rendir cuentas". Por ello, desde esta misma mañana me he dedicado a escuchar el hermoso y contundente silencio de Dios... y sólo Dios sabe en qué acabará todo esto.

La esperanza es la virtud por la cual uno no se regodea en el dolor ni la angustia, ni se baña en las lastimeras aguas del "me acuso", la esperanza es vencer al miedo a vivir y, por curiosa extensión, VIVIR, con todo lo que ello implica, con ESPERANZA.


Espero que mis lectores, que se cuentan por miles como las amenazadoras legiones que se citan en las Sagradas Escrituras, reciban mis excusas no como quien se acusa, sino como quien se supera y se proyecta en los otros, mis hermanos y semejantes. Gracias y adiós.

jueves, 30 de abril de 2009

El don de la esperanza

Comprobad cuánto de cierto es que la esperanza es lo último que se pierde, pues es lo último que se tiene. Y se tiene, precisamente, porque al no tener nada o haberlo perdido todo, nos queda siempre la luz y el misterio, tan insondable como preciso, de esperar tenerlo otra vez todo. Cuando digo "todo" quiero decir "algo", pues en el intrincado lenguaje humano perder todo es no decir nada y tenerlo tampoco, pero tener esperanza lo significa todo y perderla es tanto como nada. ¿Me explico, barbudos y lampiños, sabios y nescentes, pedantes y peregrinos, poetas y prosaicos, lameculos y castos, impulsivos y prudentes [quien quiera añadirse, al no encontrar su identidad manifiesta en esta pregunta, puede hacerlo en la sección de comentarios. Ya he dicho en más de una vez que este blog es interactivo]?

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A decir verdad no tengo constancia de nadie que haya poseído la esperanza, pues ésta no es propiedad sino pertenencia, así como no se posee el don de la poesía sino que se pertenece a ella por derecho o por mérito o, ya que estamos, por constancia. Y me consta, y dale, que si algo no se posee pues no se tiene, no se puede, por ende, perder. Pongamos por caso la virginidad. Ésta necesariamente no pertenece a quien la ostenta, sólo la guarda y protege, hasta que la pierde y no entro a considerar en qué términos. Pero en tratándose de gozosos misterios como la fe, la esperanza o la caridad (como sé que hay a quienes estas palabras les molestan o confunden, por tener una venda en los ojos del alma -en este caso, sí que se posee [la venda, sirva como ejemplo, además]- sustitúyanlas por emociones menos imprecisas y comprobarán en sus carnes de lo que hablo), éstos no pueden poseerse ni retenerse, como una fortaleza amenazada y sitiada. Se pertenece a ella como pueblo amenazado y sitiado, dispuesto a morir o a rendir la plaza, pero la plaza o fortaleza pervive, a pesar de la sangre y lágrimas derramadas. Así, el hombre, cuando nace pertenece a la VIDA y no al revés, y no la pierde al morir, pues nunca fue suya... así la esperanza (que es de lo que se trata, porque a mí me sale de donde debe) es un don, un obsequio conque la naturaleza divina nos regala para que no salgamos al mundo tan desnudos y escuálidos. Recorremos a tientas y a sordas los intrincados senderos vitales, pasando del asombro al rencor, del rencor al perdón, del perdón al olvido, del olvido a la templanza, de la templanza a la tibieza, de la tibieza al riachuelo ardiente del deseo y de éste al mar rejuvenecido y bravío de la ignorancia, sin que por ello, la esperanza se resienta lo más mínimo (hasta el suicida pertenece a ella como el deforme a la forma, o el maricón al sexo -pese a iglesias y dogmas-, o, sin ir más lejos, la uña al dedo... al menos en los ungulados, vaya por Dios). Insisto, coño, se puede vivir sin fe, incluso, si me apuran, sin caridad (de hecho, somos un ejemplo viviente de ello) , pero nadie vive sin esperanza, porque la esperanza pervive en la vida sin nosotros, como lo hace el aire en un campo de agramante o akeldama, después de una sangrienta batalla y miles de cadáveres adornando el escenario de victoriosos y vencidos, como lo hace el barro de que estamos hechos, haya llovido a mares o la sed inunde la materia... pues, en esencia, la esperanza no es substancia, es, y que me cuelguen si no creo en lo que digo, transcendencia. LA ESPERANZA ES, carajo, NO SE TIENE.

[Si algún alma considerada tiene a bien explicarme todo lo dicho líneas más arriba, se lo agradeceré como es debido: con una gloriosa carcajada. VALE]

sábado, 18 de abril de 2009

El abismo de ti mismo

¿Qué tendrá esto de la conciencia que te empella hacia el abismo de ti mismo? Una vez estás ante el cantil, te contemplas en pánico y compruebas, no sin desaliento, que eres tú mismo quien ha vivido así de gillipollas, arrogante e ingrato, y decides tirarte al vacío a ver si de una vez por todas se rompe la irresistible magia de vivir por vivir. Pero no hay tu tía. Si te lanzas, descubres que la caída (hostia libre, que yo llamo, porque me da la gana) sólo es momentánea (como una borrachera exagerada y lagunera); si por miedo te quedas al pie del abismo, vislumbras a lo lejos todo lo que te queda por saber de ti mismo y no te gusta, como no te hace mucha gracia todo lo que ya has vivido. Es una gran y jodida broma que la vida en sí te gasta a ti per se (o por ti). Si se percatan, es como un terrible y cansino círculo, donde el origen es uno mismo y acaba en un mismo, coñazo e imperturbable, como una estatua o quimera (lo mismo da que da lo mismo) que te mira fijamente porque, en realidad, es un espejo. Y yo no especulo con paradojas: la estatua o quimera (lo mismo da que da lo mismo) eres tú. Conciencia pura y dura. Créanme... si se la encuentran por un casual, no piensen que se trata de la mía, detective al uso, sabueso incansable, sino la suya que les persigue. No se apuren, es un juego inmortal, donde nadie pierde ni gana, pues pierda o gane la conciencia o tú, el caso es que la partida acaba contigo y en ti, y vuelta a empezar. ¿Divertido? No tiene ni puta gracia. He dicho.

jueves, 19 de marzo de 2009

Las estrafalarias teorías de Cantamornin Jules

Permítanme que les hable del extraordinario caso de un individuo que llegó por su propio pie a la conclusión de que sin él en el mundo, éste, el mundo, sería un caos de horribles o nefastas consecuencias. Empezó como casi todo en la vida, sin permiso, con una libertad digna de errático viento o de mar embravecido. Siguió peldaño a peldaño, como casi todo en la vida, sigilosa y a plena voz como una torre babélica, y acabó, como casi todo en la vida, derrumbándose y envejeciendo en el olvido, como las ruinas sangrientas de un campo de agramante o como este párrafo que se agota y extingue... como casi todo en la vida.
Se llamaba Jules Highlight, había nacido entre los gritos de una madre enfurecida por el parto y las amenazas de un soldado americano (a la sazón, padre de la criatura) al matrón que ayudaba a traerle al mundo. Cuando los gritos y amenazas de los adultos perdieron su vigor, empezaron los del niño recién nacido con una virulencia impropias de un bebé. Al parecer tenía hambre (estaba alimentándose en la placenta cuando la madre naturaleza envió su claro mensaje de "No se admiten devoluciones"), mucha, y el crío se desgañitó intentando hacerse comprender, mientras los confusos padres lloraban de alegría y el partero reclamaba su derecho a pirarse al bar más cercano a celebrar el parto 1.000 en las que sus hábiles manos (siendo dos, ¿hablaríamos de destreza?) habían participado.
El joven Jules creció sano y algo regordete, rubicundo de rostro y manos, con la mirada propia de quien va un paso por delante de los demás y, quizá, de sí mismo, lo que se comprende si no se mira nunca atrás. Como apenas veía al padre, con cientos de misiones en países a control remoto, el niño se volvió algo gilipollas y contestón, con una madre consentidora y encantada con su retoño, ciega a las críticas o a las advertencias. Jules Highlight se estaba haciendo hombre, pero sin el artículo indeterminado; hecho éste que pasa en las mejores familias, confundiendo la hombría con los músculos y la madurez con la altura.

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Tan lejos andaba Jules de comprender lo que se le venía encima de seguir siendo tan caprichoso y cantamañanas como lo estaba su padre de corregirle y enseñarle un poco de lo que da el Ejército (a su extraña manera y disciplina) y otro poco la conciencia (también a su extraña manera sin disciplina que valga). Los valores que hacían de Fredric Highlight (el padre) un buen hombre, a pesar de obedecer órdenes en ocasiones absurdas o antinaturales, están en la vida misma, en ese árbol de la ciencia que da frutos perennes pero que una vez se mordisquean dejan un sabor amargo en la boca del alma, de ahí que no sean pocos los que deciden apartarse de él y probar en otros árboles más asequibles, sabrosos y efímeros. Cuando el padre regresó de una de aquellas misiones acabadas y firmadas por los grandes uniformes de gala y medallas al pecho, se encontró con un retoño bien crecido, arrogante y retador a partes iguales ( la mera presencia del padre en casa era una amenaza al estatus de tirano logrado por el joven Jules sin apenas esfuerzo y mérito). Sin ser una bienvenida distante o fría, Fredric se sintió desplazado hacia algún lugar incómodo y sin nombre, una especie de ostracismo silencioso con demasiadas normas y poco juiciosas, una condena abierta a marcharse por donde había venido.
Pero Fredric estaba curtido en las batallas no declaradas ni lidiadas, tan acostumbrado estaba a la insana venganza o al rencor centenario entre hombres que aquello sólo le importunó lo justo para mandar callar al insolente muchacho y hacerle un gesto a la irresponsable y floja esposa y madre para que fuera hasta la habitación de matrimonio (ya en desuso aunque gastada) a cruzar unas cuantas palabras sobre aquella estúpida situación creada en su ausencia: o las cosas volvían por los fueros propios de una familia con padre, madre y un adolescente, o él se encargaría de forzarlas. Parecía injusto, teniendo en cuenta l0s largos periplos, romper la magia entre madre e hijo (a la manera de Penélope y Telémaco o de Hamlet y su madre Gertrudis) , reclamar el trono cuando éste había sido ocupado (usurpado) por un niño que cuidaba a su madre con ternura y devoción (sentimientos éstos que ni por ensalmo conocía el joven Jules, pero la ceguera de la madre soberana creaba cielos donde infiernos y luces donde sombras, yocastas donde edipos). Injusto era, quizá, pero Fredric no estaba dispuesto a tolerar tamaña afrenta, tan bien injusta, si cabe más por ser él quien alimentaba y protegía a aquella perdida familia. Durante algún tiempo, la farsa prosperó y sirvío para templar los ánimos: la esposa/madre se entregó a su esposo/padre en actitud servicial sin ser servil, solícita sin ser puta, amante sin ser amorosa, devota sin ser santa (lo que viene siendo una farsa, carajo); el esposo/padre se mostró atento y callado, avizor y azorado, más amaestrado que maestro y, enfurruñado más que airado; y, al fin, el hijo, el joven Jules, demostró una habilidad asombrosa en el arte del fingimiento, la mentira y la intriga, convirtiéndola en una prolongación casi natural de su personalidad, descubriendo, además, la enorme utilidad que le prestaba en otros ámbitos fuera del hogar. Se hizo líder improvisado de un grupo de rezagados mentales de su clase que le seguían como acólitos o como secuaces, según fuera el caso. Engañaba a profesores y a cualquier adulto (adulterado) que se dejara convencer por sus sofisticados juegos de barata dialéctica. Gustaba a las chicas como gustan los animales de pelo suave y mirada cálida, por parecer dóciles y fáciles de domeñar. Y con todo este bagaje, el joven Jules se convirtió en el Cantamornin Jules que conocí y al que en la entrada siguiente les presentaré.


domingo, 1 de marzo de 2009

Ustedes se preguntarán por qué no llueve nunca a gusto de todos. Pues, sigan haciéndolo y descubrirán que hay diversidad de opiniones, y ahí está el quid de la cuestión. Yo llevo toda la mañana entretenido en menesteres varios y domésticos (un arroz a la cubana, la lectura de los ensayos de Montaigne y escuchando a Johnny Cash en sus peores tiempos). Una vez que tenía el plátano frito por ambas caras, se me ocurrió, así de repente, que si pensáramos de igual manera y criterio, acabaríamos chocándonos unos con otros por las calles sin asfaltar, balbucearíamos un saludo porcino y Dios se apiadaría de nosotros y nos devolvería a nuestro estado más primitivo en busca del fuego. Creo que fue este regalo de Prometeo (el pobre, cómo acabó por la ira de Zeus) el que me trajo a las mientes este discurso vago e inútil... ¿qué serían de mis plátanos?, me pregunto. ¿Qué sería de nosotros nunca?, se preguntaba un tal Staton en Tierra baldía. Decidan ustedes qué pregunta es más inteligente, seria y capaz. Ya han tardado... es que los plátanos han tenido siempre muy buena fama y la ontología no tanto. En fin, como decía, nunca llueve a gusto de todos.
De hecho, yo, cuando llueve, me vuelvo inquieto como tierno vástago. La lluvia anuncia cambios, gratos unos, amenazadores otros, los más, previsibles de tan repetidos. La lluvia, sin acojonar, nos vuelve taciturnos y uraños y un poco gilipollas. Hablo de mí, por supuesto, pero les incluyo a ustedes, porque se me da una higa acertar o no. A ver si sólo va a globalizar Internet, la caja tonta o el conspicuo Eduardo Punset y su alma en el cerebro.
Creo que no voy bien, y es, pues, buena razón, por no decir, inapelable, para dejarlo ahora que puedo. Esto de filosofar por las buenas y a las buenas de Dios, no encaja con mi natural metódico y maníaco. Que os sirva de aperitivo, de invitación a no dejar que me ausente por tanto tiempo. Idos al carajo con Dios. VALE.

lunes, 23 de febrero de 2009

Homenaje a los electrodomésticos... esos grandes olvidados

No entiendo la ingratitud provenga de quien provenga. No diré aquello de "de buen nacido..." (completar la frase: así mi blog será dinámico e interactivo), pero cierto es y siempre lo ha sido que la indiferencia del hombre hacia sus propios inventos y mejoras en la vida diaria es legendaria. ¿Dónde quedaron las gracias de los civilizados helenos ante sus termas y las entradas traseras? ¿Dónde [para no irnos muy lejos en el tiempo], los sacrificios en honor de los venerables sabios que crearon el cigueñal para sacar el agua de los pozos subterráneos; y qué me dicen del bidé para que la limpieza del polaco no fuera sólo cara, manos y sobaco, sino también las pudendas y poderosas partes? Acaso, el teléfono no es para muchos el pan de cada día y para otros un pan con dos hostias, y con su pan se lo coman o con un pan bajo el brazo y al pan pan... Seamos serios, hombres de Dios, no hay día que no se nos bendiga con un hallazgo, diábolico o angelical, eso poco importa para el caso, que allana nuestras vidas hasta convertirlas en una locura de dolce far niente o de no parar de hacer de tanto con que hacerlo. Inventores hay por doquier, como las brujas y meigas, a-nónimos y a-sueldo, tristes y desabridos, jugueteando con sus cacharros y cachivaches hasta dar con el eureka (según los vasconios es palabra nacional, que ni Arquímedes ni gaitas, un tal Sodio Carbonozábal la gritó con doble erre cuando encontró a su mujer yaciendo con un oso pirenaico y del lado francés). Que si ayudamos al varón a afeitarse con suavidad y elegancia, que si un sillón masaje para la espalda y cervicales, un abrelatas funcional, un pelajos (pela los ajos, que si no, no se entiende, diantre), y, cómo no, la pulquérrima vaporetta, que tan buenos y cansados momentos nos ha dado sin gloria.
En nuestra condición humana (no iba a ser elefantíaca), el olvido y la ingratitud se hacen hueco en nuestra alma errante y nos pone en la picota de los días para sacarnos los colores, aunque se le da un ardite al hombre, pues acostumbrado como está al ridículo, al bochorno y la supina estupidez, tira tieso y egoísta por donde Dios le guiñó un ojo.
Que no omita yo, caigan sobre mí diez maldiciones gitanas si así fuere, la lavadora. Yo crecí viendo a mi madre frotando en una pila de cemento la ropa que íbamos dejando en el cestillo de mimbre, como quien da limosna, con la espalda gritando de dolor, en silencio para que no se enteren los brazos que trabajan. Cuando llegó la lavadora (Newman de marca, que nos recordaba a todos al bello, finado y sólido actor del Hollywood), mi madre se mostró distante y algo incrédula, pero luego de ver su eficacia, su rapidez, su comodidad y su larga vida, échose a llorar por la bendición, y rezó un rosario entero, que se dice pronto, mientras contemplaba el rodillo girar y girar. Más adelante, vinieron como por ensalmo y de seguido, la cafetera, la licuadora, el exprimelimones, el cuchillo trinchador (a éste tendría que escribirle toda una entrada dedicada a objetos inútiles, al lado de la maquinilla de liar cigarros o la menos asombrosa por ineficaz terapia psiquiátrica) y, finalmente, el lavavajillas, que mi madre rechazó por considerar que era para vagos (en realidad utilizó el femenino, qué le vamos a hacer, eran los tiempos) y zafios de varia jaez. Os emplazo a echar un vistazo por casa y descubrir cuán agradable se nos hace la estancia, mientras trabajan por nosotros los cacharros de toda la vida, olvidados, algunos semirrotos, avejentados y sin quejarse, esperando ser sustituidos en cuanto no funcionen (como se hacía con los esclavos negros no hace mucho y sé de buena tinta se sigue haciendo). Sirva este largo párrafo de homenaje póstumo, o, cuando menos, tardío. ¡Qué hubiera hecho yo sin el barbiquí que me taladra o la gramola que me alivia el sendero!

viernes, 20 de febrero de 2009

El corajudo y levantisco Orson Tell [Segunda y última parte]

Lo prometido es deuda. Que nada ni nadie enturbie el hilo de mi historia, fino como la pata de una pulga.
Estábamos en que, ya sereno, Orson Tell se presentó como tal, procurando explicarme los últimos acontecimientos de su vida que le habían llevado al extremo de convertir su existencia en un hatajo de nervios, confusión y cólera.

"Yo, mi estimado y noble señor, era antes sobrio y muy dado a la meditación tempranera. Madrugador y poco amigo de palabras, me entregaba con denuedo y tenacidad a las labores propias de mi gremio, a saber, podador de olivos. Íbame hasta el agro donde crecían silvestres estos árboles mágicos y retorcidos, de fruto sabroso y líquido inmortal. Pertenecían todos ellos (si es que se puede poseer la belleza y la verdad, por no hablar de la unidad) al maese Junípero Ortigaz, a quien usted tendrá el honor que no el gusto de conocer por sus muy variadas empresas y díscolos negocios. Durante toda la jornada, que duraba no menos de diez horas, pasábame cortando aquí unas ramas imposibles (que por mí tengo lo hacían de noche y a mala uva, o, en este caso, a mala oliva), allí deshaciendo nidos de mitos o de carboneros, echábale agua por donde no había sombra y antiparásitos donde los rayos del sol no se alojaban ni queriendo. Cuiadaba y protegía los olivos como hijos que nunca tuve ni quiero. Y ya le digo, una mañana, serían las siete de la tarde, un rayo enojado colóse por mi entrañas, dejándome patitieso y atolondrado durante horas (esta vez serían las siete de verdad). Al despertar tenía un regustillo a aceite en la boca, las manos brutas entumecidas, y los hombros cargados como si hubiera llevado el peso del mundo como Atlas. Cuando me incorporé, noté que las valentías y bravuconadas se me hacían hueco donde antes no había sino miedo y temblor. Las palabras salían de mi boca sin permiso y en avalancha, como con prisa; mi mirada, antaño medio dulce medio discreta, era ahora una órbita celeste de centenares de estrellas disparatadas. Mi pelo, ralo por costumbre y modo, estaba alborotado y todo en mí, en fin, había adquirido el aspecto de uno de los olivos que yo mimaba, pero en hombre, con todo lo que ello conlleva. Desde entonces hasta ahora, no vivo en mí, se me desatan los demonios por cualquier litigio de andar por casa... que si me ha crecido una mala hierba en el jardín de atrás, que si el día despierta gris y plomizo, que si el Junípero de marras paga mal y tarde, que si aquella mujer grita demasiado, que si usted se pone en medio... le lanzo dos hostias. Por mis muelas, que le rompo el costado por cuatro sitios si me sigue mirando de ese modo, malnacido, cabrón..."

Afortunadamente para mí y el resto, el devenir del que hablaba antes volvió y Orson Tell se serenaba hasta nueva orden. Aquel mal rayo le parta de un Júpiter aburrido y ocioso, le trajo sinsabores a Orson y, como si de una metamorfosis se tratara, hizo de este pobre hombre, antes un bendito a ratos libres, hoy un diablo enfurecido a jornada más o menos completa, según qué vientos y decires. Vi unas cuantas veces más a Orson Tell. Supe que le despidieron, después de un ERE que orquestó el maese Ortigaz con maña y saña, y ahora se dedica a podar pinsapos que se venden a granel. Ora está como el lagarto al sol, ora se envalentona con una sombra como un gato cuando juega con una hormiga. Ora calla, ora grita como un poseso. Ya tumbado mirando al cielo ingrato, ya corriendo como Usain Bolt. Horas amargas le quedan a este corajudo y levantisco Orson Tell, que Dios en su infinita misericordia, le acoja en su seno, que no creo yo que se atreva a decirle ni pío a quien olivos hermosos y centenarios y a hombres creó, amén de que tengo entendido de que los guantazos divinos son muy dignos de ver y muy dolorosos de probar. FIAT y VALE.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El corajudo y levantisco Orson Tell [Primera parte]

Una clara mañana, en que andaba yo entretenido con algunas hierbas del jardín, clasificándolas según Linneo (esto es, a mi antojo y en manojo), pasó como una exhalación un hombrecillo que no levantaba del suelo ni 5 pies (salvo los dos que le servían de armadura para andar, ya saben), resollaba como un caballo después de una galopada exhibicionista, y hablaba como si fuera a perder el don de la palabra en cualquier momento. Yo, que de por sí soy despistadillo y algo acojonado por un quítame allá esas pajas (cobarde, que suena y dice mejor), me encogí de hombros, me pegué la barbilla aperillada al pecho en señal de sumisión, como sé que hacen algunos animales vecinos míos cuando viene el guarda ciudadano, y esperé a que pasara aquella tormenta humana, verborreica y colérica como pocas veces había visto (mi madre, en un par de ocasiones y a la desesperada). Y pasó. Vaya si pasó. De repente, lo que antes no había sido sino un torrente de ira y angustia, todo mezclado, como la memoria y el deseo de Elliot, de indignación y orgullo pisoteado, ahora era un devenir. Y ustedes se preguntarán qué es un devenir en este contexto. Pues yo se lo explicaré encantado, que para eso estamos en este oficio sin maestro ni maestría. Aquel señor bajito y malhumorado, por nombre Orson, de apellido Tell, se calmó. Como lo hace una madre jabalí cuando contempla a sus jabatos lejos del peligro, o como he visto que acostumbran algunos bebés cuando la madre mamífera les da su calostro. [Sí, lo sé, amigo Carioco, hace tiempo que tenía que haber llegado donde me propuse, pero... ¿y si lo que me propuse fuera esto que lees?]. Vuelvo a decirlo, por si se lo han perdido (me los imagino yendo al servicio, como sé que hacen cuando ven la televisión y ponen anuncios): Orson Tell se calmó y lo hizo de súbito, que de cúbito no podía por una lesión antigua y penosa.
Hasta aquí mi encontronazo con este personaje tan real como el tordo que acabo de ver pasar por el tejado de mi casa. Mañana les cuento la historia no tan real de Orson Tell que me fue dado conocer de viva voz por el mentado, con aspavientos propios de un cantante de ópera. Lo dicho, hasta mañana.

lunes, 16 de febrero de 2009

A don Carioco, por faltón y certero

De los tres seguidores que tiene este endemoniado blog (palabra fea, carajo), uno de ellos es esposa (que lo lee por si entro en falta), el otro, amigo (obligado -a leer el susodicho, no a ser amigo-, coño, que todo hay que explicarlo) y el que resta, amigo también, y de la infancia, el único que conservo, de higos a brevas me echa un vistazo para dejar su huella imborrable de Carioco lunático y porrero. Pues bien, este último, me aconseja, con sutiles advertencias, que haga más breves mis entradas, recordándome de paso una frase célebre de un Gracián olvidado, que no tiene todo el día para dedicarme tanto tiempo, que sí que le gusta, leches, pero que no, vaya, que no está ni de coña dispuesto a que le crezca la barba mientras se vuelve tarumba buscando en el diccionario las malditas palabrejas que él jura y perjura no existen. Como razón no le falta, aunque no ande sobrado de ella (para qué callarlo, amigo, a estas alturas de nuestras vidas por debajo del nivel del mar y de casi todo lo demás), en honor a él, haré que esta entrada, al menos, sea tan breve que voy a darla por zanjada. De hecho, si me apuráis, me sobran diez líneas. Y, sin embargo... qué ganas de seguir tecleando como un inspirado psicótico alumbrado por legiones de ideas y palabras. Palabras, palabras. ¡Qué haría yo sin ellas!

sábado, 14 de febrero de 2009

La verdadera resurrección del Ave Fénix

Hace miles de años, una criatura fea de narices -y otras partes que se omiten con la esperanza de cambiar el rumbo de las palabrotas de una vez por todas- tenía la también fea costumbre de resurgir de sus cenizas, convertirse en un gusano y crecer hasta hacerse una y otra vez el ave que conocemos como Fénix. Pues bien, hasta aquí, y muy resumida, la historia mil veces contada de este travieso pajarraco que ha servido a fiolósofos, escritores, e, incluso, periodistas e intelectuales a dedo, políticos de medio pelo y amos de casa, para elaborar sus finísimos discursos, hirientes algunos, dadivosos otros, los más, inútiles y un mucho arrogantes. El caso que me trae a estas páginas (amén de mi deber de inocular en mis lectores un poco de la sabiduría que poseo) es la aparición de Metrodoro de Chío, personaje que afirma ser el Ave Fénix, en su trillonésima resurrección. Nacido a orillas del Helesponto, muy cerca de la ciudad desaparecida de Dardanos, muy pronto destacó como desplumador de pollos, insólita y temprana habilidad que le valió el sobrenombre del Polluelo y un ascenso en la jerarquía social, haciéndose valer en el duro oficio de juntapiedras (arte remoto y ya arruinado que consistía en reunir rocas de todo tamaño, forma y condición y colocarlas en diferentes lugares para despistar a los futuros antropólogos y especialistas en geología). En una de éstas, Metrodoro arrancó con sus propias manos (en aquellos tiempos, las extremidades de los hombres se ajustaban más a las tallas de las cosas que le rodeaban) dos farallones del Egeo, solitarios, que se miraban de reojo y con malas costras, y los colocó juntos (de ahí el nombre del oficio antes mencionado) en forma de abrazo fraterno sobre una eminencia que llamaron Dardanelos (tristemente conocida, siglos más tarde, por ser motivo de disputa entre muy variados pueblos). Aquello fue el non plus ultra y nombraron a Metrodoro, caballero ejemplar de Chío (isla de las costas de Turquía, llamada también Quíos, y donde dicen nació Homero y el matemático Hipócrates, aunque se nos da un ardite en estos momentos quién y dónde...), honor que en lugar de gloria le trajo a Metrodoro angustia y ociosidad a partes más o menos iguales. Sin nada que hacer (cobraba estipendio de las arcas de la isla que ahora llevaba en su segundo nombre), vivía en rica choza, frente a un lago del color de las llamas de una hoguera a medianoche, sin mujer ni hijos que le sostuvieran en la vejez (aunque bien mirado, por entonces, sólo frisaba la treintena), y sin más vecinos que una atolondrada alondra buscando a la desesperada hembra para la coyunda y posterior nidada, un perro flaco que llegó un día y no quiso irse (a pesar de que Metrodoro no le daba de comer, ni le acariciaba, por no hacer, ni le tiraba piedrecillas para que el tontolahaba cánido se las trajera meneando la cola pulgosa) y una carpa que vivía en el lago, que brillaba como una amatista y saltaba y brincaba y hacía cabriolas para que Metrodoro aplaudiera y sonriera al menos. Poco más tenía Metrodoro de Chíos en aquella su decente y olvidada existencia, hasta que corajudo y algo imprudente, metióse en el lago hasta la rabadilla (hacía un frío de pelotas), gritó dos palabras ininteligibles (luego, un paisano reveló que tales palabras fueron: "¡La madre que parió a este elemento llamado líquido vital!". Como puede verse eran más de dos palabras, pero el narrador insistió que todo cuanto dijo era verdad y nada más que la verdad y a ver quién osaba contrariarle) y hundióse hasta el fondo (unos dos metros, pulgada más pulgada menos) y no se le volvió a ver hasta el momento en que llegóse hasta nosotros (humildes mortales del siglo XXI) con cara de pocos amigos (ninguno, para qué engañarnos) y la asombrosa declaración de que era el Fénix, el mismo que viste y calza, en su trillonésima resurrección, añadiendo a los allí concurridos en fiel asamblea: "Estoy harto de que se hable de mí como si no existiera, como si sólo fuera un ave de la mitología helena y de Troya, una puñetera y aburrida metáfora de los hombres que caen y se levantan (boxeadores, algún que otro futbolista metido a cocainómano, políticos corruptos que piden perdón y remontan el vuelo dando conferencias en prestigiosas universidades cobrando una pasta gansa, periodistas borrachos que reciben premios por escribir un libro de memorias, etc.), que si me prendo fuego y sin rechistar , que luego me incinero a mí mismo cuando me da la gana, como si preparara un conejo a la parrilla y se me olvidara darle vueltas, y, ya puestos, resurjo un par de días después con una sonrisa de ala a ala, bendiciendo la mañanita (trillonésima mañanita de los cojones) que me vio (re)nacer. Vamos, coño, que no somos niños. Que estamos ya a siglos vista de aquellas mentes estrechas que se inventaban un dios si estornudaban o si no hacían de vientre en una semana. Soy Metrodoro de Chíos, en buena hora me ahogué en el lago aquel, por alguna extraña razón que no comprendo, el verdadero Fénix yacía en el fondo arenoso, medio alelado en forma de gusano (como bien dice la leyenda), muerto de miedo porque veía pasar peces del tamaño de un ruibarbo y con hambre de días, no lograba resurgir de sus cenizas, pues el agua es un elemento muy particular (es decir, lleno de partículas) que no permite que el fuego se expanda y mucho menos que se hagan cenizas en su cosedad... así que el Fénix se quedó en gusano durante siglos y yo, quedéme allí, medio muerto medio vivo, con un hastío de mil pares de Francia en horas bajas, hasta que decidió darme sus poderes metiéndose en mi cuerpo incorrupto. Tuvieron que pasar más de cinco mil años para que el apestoso lago se secara (y eso, porque unos constructores inmobiliarios lo drenaron para construir adosados de tres plantas con bodeguilla) y yo resurgiera por trillonésima vez en esta que veis mi agilipollada figura. El jodido gusano que fue el Fénix verdadero debe andar por el hígado comiéndose mis escasas células hepáticas, los médicos hablan de cirrosis, yo soy más directo y hablo del hojoputa fenicio, que por vago y cobarde no quiere resurgir de nuevo de sus cenizas, y me tiene en ascuas no sé por cuánto tiempo. Dicho queda. Y que no me entere yo de que algún imbécil intelectual de esos que hoy abundan, con cuatro textos clásicos mal leídos y una pedantería emética, menciona al Ave Fénix sin pagarme derechos de copyright, que me voy hasta la SGAE, hablo con un tal Ramoncín (que ya le vale al tío ponerse ese nombre) y os pongo una demanda a la antigua usanza (o me pagáis la deuda, u os corto los redaños)."

Ya lo saben. Luego no me vengan con jeremíadas.

martes, 10 de febrero de 2009

La inverosímil historia de Zótimo de Silesia

"Nací en Vadallolid, más probe que un pastor de crabras, pero copo a copo fui haciéndome un sitio en la aldea gracias a un don que recibí de la Naturareza: me entendía con cualquier aminal, blablaba su idioma sin dicifultad y todos, sin expepción, confiaban en mí, sin tajupos ni zaranjadas. Abama a los aminales y ellos me abaman a mí. Ésta es mi hisrotia y voy a contarla, porque me la da la naga, estoy viejo y candaso, y me trae al piaro el que ridán".

Así empiezan las pocas páginas que dejó escritas Zótimo de Silesia. Conservaré la forma de escribir (y de hablar) de este gran hombre, por respeto a su memoria y, sobre todo, porque así se harán un idea de lo que tuvo que lidiar en vida con sus taras y gozar con sus gracias, taras y gracias, ambas naturales, que nadie le empujó ni enseñóle. Sean magnánimos, ríanse, si así lo desean, pero comprendan que para Zótimo de Silesia, todo fue un calvario con sus semejantes y una arcadia con los que en nada se nos parecen (si exceptuamos el marrano y el mono, y, si me apuran, la rata). Cuando hayan acabado su lectura, se les hará un nudo (véase la entrada dedicada a ellos en este blog) en la garganta y convertirán a este personaje en un héroe de leyenda para contárselo a sus vástagos y continúe así la tradición de hombre a hombre. Vaya, pues, y sea, la inverosímil historia de Zótimo de Silesia.

"Voy a contar loso una parte de mi etixencia, porque las otras las he oldivado o es mejor no redorcarlas. Fue ennorto a 1979, combata yo unos 16 años, casi doto el pueblo me mallaba Zote, por avrebriar, y también por lama chele. Desde enzontes hasta ahora, que soy ya aniazo, me rerité a los bosques, loso y sin dana más que un ruzón con algo de codima que me dio mi alueba Gertru, un cullicho de monte, que me dio mi dapre y una requilia falimiar con la igamen de san Zótimo (opisbo y mártir), protector de antusguiados y tadaros, amén de grálimas chumas de mi damre y una exñatra soca que me dio mi hernamo (que nació mornal) y llevo 40 años intendanto saber qué ñoco es y no me ha serdivo rapa dana. Marmeche con la cazeba achagada y con el barro entre las nierpas, malcidiendo el día en que nive a tese dojido mundo con esta dojida rata, oblidángome a alemarje de los míos y a frusir las lurbas e intulsos de los medás. Perdido y tuermo de diemo, entoncré una tugra grena y malotienle, de oso ajeño. Quemede allí dordimo y soñando con blablar moco un buen crisniato, de codirro y con la sadiburía del hotesno Sótraques (ése que dijo que loso basía que no basía dana). Duanco desterpé, enmutecido y con un frío de conojes, me moquí lo que mi drame me dio para moquer y me supe a canimar para hacerme una idea de dónde esbata y construir cerca mi vuena y úquina saca. Darté loso unos días: un árbol emorne (creo que era un casñato por sus ravas garlas y sódilas), me busí a la certera (3ª, me se dan jemor los múneros) marra y allí, con marrajes, rabo y tierra húdema, llatos, muplas de párajo y queñepos guirrajos de río, hímece una escepie de cañaba, rapa endenternos, un zocho hudilme, repo serugo y, brose doto, mío y loso mío. Las chones eran penolas y garlas y muy osrucas, no obstante, me fui acosbuntrando y, tras unos semes, insuclo me gusbata... doto sicenlio o, moco chumo, el ulular de los húbos y medás amiñalas de la chone. Por las namañas, iba al rialuecho a cespar y me se bada bien la cespa, así que moquía naso y dotos los días, gocía tamplas y hierjabos (roremo, valanda, motillo y esas socas rapa larde basor a los sigos), trufas y frutas, frutas y trufas (no me se condunfan), rara vez tesas y esrápagos (gesún tenrodapa, brose doto, en privarema y oñoto). El tesro del día lo pabasa yelendo dos libros que me relagó el sadercote del bueplo, La Blibia y un dinicioario itusladro con chumas lapabras que aprendí de meromia, aunque no me aduyaron chumo con la naufa donde dedicí vivir. A lo que voy, que tengo carataras en los ojos y arsotris en las namos. Un día, hacía lacor, chumo lacor, un oso emorne se frobata la esdalpa tronca el contro de mi árbol. Me tembablan las rollidas y me casñateaban los tiendes, el oso me rimó y me blabló en su imioda, y, soca cusiora, endentí lo que me jido. Y el oso me jido en su imioda: "yo que tú haría lo mismo que yo, es para combatir a los piojos y demás parásitos, que son muy tenaces y molestos. No tengas miedo, tengo la andorga llena de salmones y miel. Anda, bájate del árbol y ven conmigo". ¡Drame de Siod! Por fin podía conumimarque con mis no mesejantes, mis no hernamos de granse, con lo aminales de Siod, criarrutas sin zarón ni conciencia (hay tierzas lapabras que gido sin condunfirme, moco los monobílasos y las que nieten las mismas cononsantes). Jabé del árbol y aponcañé a mi vueno agimo, el oso, y encepamos a blabar en su imioda de lo yuso que es el piento (el micla, rieco cedir), de lo hersomo que es el hozironte... en fin, de la diva misma. Repo, demejos blabar al oso que vella en sus neges la sadiburía tival, minelaria y suaquidiniva".
"Sígueme, hermano hombre que a duras penas hablas como los furtivos que por desgracia conozco, y muy bien por cierto, que voy a mostrarte la Vida tal y como fue concebida sin vosotros. Y te harás uno de los nuestros y hablarás nuestro idioma animal y ya no volverás a sentirte como un guiñapo. Mantén los ojos bien abiertos, que lo que vas a contemplar es único y, por lo que veo, no podrás contárselo a nadie, porque menuda disfunción lingüística tienes, condenado."


Y con estas últimas palabras escritas al buen tun tun, Zótimo no dejóse ver en décadas entre los suyos, los humanos, convivió con los animales a los que cuidaba o protegía, si la ocasión así lo propiciaba, conversaba con ellos de cientos de hechos acaecidos en tiempos remotos y disfrutó de una vida plena sin verbos ni adjetivos ni sustantivos ni gaitas. Al hacerse mayor decidió contar en unas breves líneas lo que ustedes han tenido oportunidad de ¿leer?, bajó por el río que da al pueblo que le vio nacer y luego burlarse de él como del asno, diole estas páginas (sacadas de un tronco de abedul en finas láminas) al cura (que era nuevo, joven e inexperto. Soy yo, sin ir más lejos) y aquí me ven siguiendo con la sagrada tradición sacerdotal de cumplir una promesa. Dicho y hecho queda. Gocen y aprendan, si acaso lo logran, que yo tuve para mí, al leer lo escrito por Zósimo, que la condición humana tiene más de condición que de humana, y, dicho sea de paso, me retiré a un monasterio de La Alberca (orden carmelita) donde renové mis votos para dejarme iluminar por esa luz interior y sin ocaso que creo firmemente vio el tal Zótimo de Silesia. Sean ustedes bendecidos y perdonados.

Mi nombre poco importa para esta historia, pero como no carezco de cierta vanidad y soberbia mundanas, firmaré este relato como Frey Metodio (fui militar y me licencié con deshonor el día de san Cirilo y Valentín, de ahí mi nombre de guerra, es decir, de paz soberana). Fiat. Seat. Amen.

P.D. : Si alguien necesitara de traductor, que no se acerque a mí ni en pintura. Haga un puñetero esfuerzo y comprobará cuán ennoblecido queda el espíritu.

lunes, 9 de febrero de 2009

La filosofía de Esparzano y el hallazgo de su hijo Androcles

Llevo dentro de mí el agobiante peso de las riquezas que no he dado a los demás (Rabindranath Tagore)

[Dedicado a mi buen amigo y compañero de palabras y breves pero intensos paseos: R.E.]

Hubo un día un filosófoso de la escuela del Losismo, nacida al albur de la inteligencia emocional y artificial muy en boga en los confusos y erráticos años de Melquíades llamado el Mediano, mientras trabajaba en sus cosas (nunca se ha sabido muy bien qué cosas son esas de los filosófos), con libros por todas partes y en todas las posturas, cerrados y abiertos, encuadernados en piel de cordero o a pelo, en lenguas muertas que evocaban y en lenguas tan vivas que gritaban; cierto olor impregnaba la estancia del hombre allí sentado en su mecedora de ideas y venideas varias, y no era grato al advenedizo ni siquiera al loro que convivía con el filosófo. Se llamaba Anfitrión, el loro, que el filosófo respondía al nombre de Demócrito Esparzano, y eso, si respondía, y no era sordo sino ensimismado, que es bien distinto, Dios lo sabe, y se entretenía con el ruido de la hoja que cae en el otoño durante horas, cuando ya era hojarasca, y así seguía mirando el árbol, la rama, el tronco, y, sobre todo, la hoja, bendita hoja que Esparzano miraba y remiraba. Decía que hubo un día un filósofo...

- ¡Esparzano! Se puede saber qué diantres haces que no vienes a comer, que tengo la mesa puesta desde hace una hora y tengo al chiquillo mordiéndose las uñas! - chillaba la mujer desde la cocina, a cinco metros de la biblioteca sagrada del filósofo.

- Ya voy, mujer, no te impacientes, que las prisas nos aprietan y arrinconan, y de los nervios sólo se pueden sacar dolores y de los dolores... - la interrupción era necesaria, pues la escena que sigue, con la esposa como un basilisco, no es para lectores sensibles. Esparzano obedeció, abstine et sustine (abstente y soporta, era su lema) y ocupó su sitio a la mesa de todos los días (los de la mesa y el sitio, pues que yo sepa nada ha cambiado desde que trabé amistad con el filosófo) y comió las verduras con patatas que con tanto amor y dedicación habíale preparado su casi siempre serena y encantadora mujer, Eloísa (esta vez, sin almendro que valga).

Demócrito, queda dicho, era singularmente despistado, y a su mujer Eloísa eso, aunque pueda parecer extraño, le encantaba, pues, según ella se le ponía un rostro iluminado y grácil, casi infantil y a duras penas no se avalanzaba sobre su esposo para propinarle besos y carantoñas y una invitación al lecho... pero se dominaba, porque de sobra sabía que Esparzano era muy suyo cuando estaba filosofando.

- Es mi trabajo, mujer. Observar, contemplar, meditar y repasar. Y, finalmente, pensar y razonarlo todo. Y así una y otra vez hasta que lo escribo. Sólo entonces, Eloísa amada, repito, sólo entonces, me entregaré a los placeres de la divina Venus.

- Tienes razón, pichurrín (Demócrito se ablandaba enseguida y Eloísa, por supuesto, lo sabía y se aprovechaba), tú trabaja que yo seguiré con la casa y el crío, pero recuerda que siempre que regresas de la alcoba, tu trabajo se vigoriza. Sólo te lo digo, porque, a veces, olvidas muchas cosas que son importantes, querido Demo.

Y con estas palabras, Esparzano quedaba atrapado en los amables brazos de su mujer, ausentándose por largo rato de su menester cotidiano. Volvía, tal y como afirmaba Eloísa, hercúleo y pagado de sí, firme y resolutivo... se encerraba una vez más en su universo privado, al lado de la cocina, a mano izquierda, y escribía sin parar. De cuando en cuando, una miradita al hermoso y recio roble de su huerto, otra al verderón que cantaba entre sus ramas y, ya puestos, al impecable horizonte que le inspiraba.

Fue en uno de estos días, tan claros y sin color definido, días Moby Dick, decía Espartano para sus adentros, cuando entró, por primera vez, el hijo de Demócrito y Eloísa. Androcles, que así se llamaba el zagal, algo tórpido como su padre, y guapo y sonrojado como la madre, había roto el pacto familiar: profanar el templo del conocimiento de Esparzano.

Sorprendido, algo enfadado, pero sin llegar a la cólera, ni siquiera al estupor, Demócrito decidió sonreír al muchacho e invitarle a entrar aún más y que conociera los secretos del padre. El niño, había que verlo para describirlo bien, estaba que no cabía en sí de gozo (aquella estancia privada de su padre, con aquellas reglas tan severas... qué guardaría), se acercó al papaíto y le abrazó. Esparzano, que no creía en los rigores de la educación estricta ni estoica, le subió en brazos y jugueteó un rato con él, haciéndoles bromas y caricias. Cuando creyó llegado el momento de recordarle a Androcles que debía seguir trabajando, se lo hizo saber al chico, pero le permitió quedarse con él en la biblioteca.

- Anda, Andro, coge esas revistas viejas de ahí de la mesilla, y échales un vistazo. En algunas, no todas, la verdad, es una lástima (ya he dicho que se alargaba mucho y le costaba arrancar), hay algún que otro artículo interesante, aunque, definitivamente, no descubro en ellas nada serio como para tormarlo en ídem y consideración, pero, bueno, hijo, puede que a ti te diviertan.

El chaval, ya de suyo muy honesto a pesar de su juventud, le dijo al padre después de unos diez minutos de reloj, muy serio (el chico, no el padre):

- Papaíto, me aburro.

Demócrito empezaba a ponerse nervioso, se levantó, dio algunas vueltas por la habitación, observó, contempló, meditó y repasó y, finalmente, pensó. En otras palabras, se le ocurrió una idea para que su hijo, Androcles, estuviera entretenido, al menos, hasta la cena, para que él pudiera continuar su mamotrético trabajo: cogió tijeras y pegamento que había en la gaveta de su escritorio, arrancó una página de una de las viejas revistas donde estaba dibujado un mapa del mundo, la cortó en muchos pedacitos, y, a manera de puzzle, emplazó al chico a recomponer la figura original.

Al cabo de media hora, Androcles le entregó el mapamundi reconstruido a Esparzano, que, sorprendido por la habilidad de su hijo, que no había estudiado geografía todavía en la escuela, le dijo a bocajarro:

- Pero ¿cómo diablos has logrado hacerlo tan deprisa, si no sabes dónde está ni la Catay ni la Ockahoma; por no saber, todavía no sabes dónde queda la granja de tu abuelo?

El muchacho, tranquilo y sobrio como un cachorro junto a su madre, le respondió:

- Papaíto, yo no sabía cómo era el mundo, ni falta que me hace, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre, a quien sí conozco, y falta que me hace. Así que di la vuelta a los pedazos y comencé a recomponer al hombre. Cuando logré unir todos los recortes, di la vuelta a la hoja, y vi que había arreglado el mundo.

Demócrito Esparzano, entre lágrimas, agarró a su hijo, se lo llevó donde estaba su madre, se lo contó todo tal y como había sucedido y todos empezaron a reír. Aquella noche, embriagadora como pocas, hubo movimiento en la alcoba, y, desde hacía mucho tiempo, hubo risas compartidas, sugerentes y con idioma propio.

Esparzano no volvió más a su trabajo. Después de la lección que su hijo le había dado sin querer, decidió irse a la granja de su padre y trabajar la tierra con sus manos suaves y delicadas de filosófo ensimismado, de la escuela del Losismo, durante los confusos y erráticos años de Melquíades llamado el Mediano.

jueves, 5 de febrero de 2009

La "krustiana" y desalmada historia de Citizen Soig

[NOTA: pronúnciese "Soj" o "Suag", como si se tratara de un esputo]

Allende las eminencias televisivas, surge un animal periodístico de proporciones bíblicas, cuyas alas de gigante como El Albatros de Baudelaire "le impiden caminar" con la soltura y la elegancia propias de los de su clase,
sobre superficies de barro, como las de aquende, es decir, la prensa escrita (cuentan que Dios expulsó primero a un gacetillero del Paraíso antes que a Adán y Eva, por hacer demasiadas preguntas y, sobre todo, por dar demasiadas respuestas). Tal animal, bípedo, para más señas, y con pelo, revuelto y alborotado, según estación, aterrizó, mal y pronto, sobre los ingenuos y mal encarados individuos de LA ENTERADILLA (diario político, económico y religioso, y no siempre en este orden), hordas degeneradas y corruptas procedentes del primer hombre que habitó el Edén y por poco se lo carga. Al peludo y con dos patas se le conoce como Ciudadano Soig. Sea bienvenido, que falta nos hacía un poco de cordura y savoir faire, alguien que penetrara en las seseras vacías de estos rapsodas de la nada y les mostrara la luz envidiosa que emana del conocimiento. Un William Randolph Soig a la altura de los difíciles y penosos momentos que vive el periodismo de hoy.

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No fue fácil para El Ciudadano adaptarse a los cambios que él mismo tenía previsto y aún menos explicarle a la caterva de plumillas, idiotizada por los muchos años de ejercicio de profesión tan absurda como inútil, todas aquellas ideas que bullían en su cabeza como pócimas de bruja y que hacían que su pelo se encrespara y se enrabietara (como el de los gatos cuando se asustan o como el vello de mi antebrazo, tupido y tenaz, al escuchar un aria del ya ausente Carusso); los ojos salíansele de las órbitas (a un paso estuve de escribir "cuencas"), y espumarajos por doquier (como en un TBO). La imagen de aquel pobre hombre, con tantas cargas y un único cargo, daba repelús y un pelín de lástima... pero los días pasan como los cuervos por el bosque, con hambre y ruido, y todo aquello se tornó fea lid en un campo de agramante (akeldama, en arameo, donde dicen que murió Judas el Iscariote. Y lo menciono, porque el del beso traidor y las monedas de plata, se reencarna siempre, cada cierto tiempo, según situación y época históricas, en un hombre con ínfulas de grande, que hace de las suyas, sin poder ni querer evitarlo, dejando tras de sí una estela y un tufillo de hijo de puta rampante y altivo). Los contendientes, como no podía ser de otra forma, fueron el susodicho y carismático Soig y toda su hueste de apestados tiralevitas y juntasílabas, y los penosos y medianos Hermes de hoy en día, entre los que me incluyo (me incluí, entonces) por no haber otra especie que me acogiera y alimentar.

Meses duró la batalla, fría y silenciosa como azor sobre la liebre; algunos cayeron antes casi de empezar la refriega, otros abandonaron (pasándose al enemigo con información valiosa), poniendo cara de haber roto toda una vajilla de porcelana, herencia de la abuela; muchos aliviaban sus penas y dolores con el caldo que embriaga, de entre éstos, unos conversaban, peripatéticos, filosofando sobre la condición humana y el arte de la guerra... y, finalmente, los más aguerridos (héroes siempre ingenuos pero muy capaces) se lanzaban como moscas al parabrisas del coche fantástico del señor Soig y sus secuaces.

Como suele pasar en estas breves pero intensas pequeñas historias, la Historia acongoja con su sombra estilizada y manifiesta, ayudando no poco (como el crudo invierno a los rusos en sus peleas con franceses y alemanes, según daba o recibían) a uno de los ya hartos combatientes. Soig y sus muchachos, amparados por una crisis financiera de aúpa, un miedo de empresario (que debiera estar descrito y clasificado en los manuales de paranoia colectiva) y una mala hostia, malos modales y puñaladas esquineras varias y certeras (congénitos en algunos seres encrespados y con la sangre corrompida) lograron acabar con la débil resistencia de unos pocos ilusos y mal pagados (había que verles, con su hacha de guerra medio rota, unas arengas de militar curtido y estrategias de andar por casa, de ésas que si se tiran a la basura, nadie dice ni mu), saliéronse con la suya (que nunca es nuestra, vaya por Dios) y, sin comerlo ni beberlo, se rejuntaron (Dios los cría y... ya se sabe) como la mancebía o la cohabitación francesa, e hicieron de su capa un sayo, se pusieron LA ENTERADILLA por montera, camparon por sus respetos y no dijeron esta boca es mía.

Los vencidos (Vae victis) se desperdigaron: huyeron unos a la aldea familiar, donde serían acogidos con recelo (el dinero es el dinero), otros guardaron como la hormiga y sobrevivieron con menos, pero lo hicieron; y los más, como la cantarina y cantamañanas cigarra, creyendo que todo es verano (o el monte, orégano, o lo que reluce, oro) dilapidaron su escasa fortuna y en manos del Destino quedaron.
Lástima da verlos ahora, por las calles semidesiertas, hambrientos, y mendigando nóminas y contratos (sin trato, también) indefinidos.
Ciudadano Soig y sus correligionarios viven felices, comiendo perdices y cogiéndose cogorzas de bávaros y cosacos juntos, riéndose a carcajada limpia y repartiéndose las migajas que la lucha fue dejando, con más pena que gloria, mas vencedores al fin, gritan el nombre de su líder, aunque no sepan pronunciarlo, elevan preces al Señor, su Dios, y claman con lágrimas gordas tiempos pretéritos para recibir mejor los que quedan por venir.
¡Tres hurras por Citizen Soig! ¡Hip, hip, hurra! Y así, otras dos.

lunes, 2 de febrero de 2009

Saloma bravía


[Habla el marinero]

"Yo que anduve sobre las aguas, menudo elemento,
me dispongo a traerme los vientos de mañana,
al hogar de siempre: mi infancia de Navarra.
Que nada tuve y con nada me viajo a la Nada.
Nadie diga que se hundió mi quilla, ni en broma,
ni en rémora me lo digan, ni aun de veras,
que soy y fui Gabino y no se me caen las anclas.

*****

Soy un aristócrata del mar, pero del mar travieso,
mi nobleza está grabada sobre el trinquete,
y la mesana es fiel testigo de mi alma (mal) gastada.
Sólo las huellas en la amurada sobrecogida
invocan mi nombre cuando la galerna amenaza.

*****

Estoy a punto de irme, a punto y dispuesto,
no sin antes entregar la nostalgia y el miedo.
No sin antes bramar con sangre y sin despecho,
a las noches aciagas que me nacieron entero.

*****

Sólo me envanecen los amigos que tuve y tengo:
La pasajera tripulación de mi coraza de proa.
con la popa no me entiendo y su estela me lacera,
la mirada agaviotada y a la deriva blanca.

*****

Tengo tantas dársenas y pantalanes y radas
en las roídas rodillas, que me tamborilean
los recuerdos y se me abren de nuevo las llagas:
(El terral levantaba las faldas de las mujeres que no amé
Amé tantas mujeres que no me amaron siempre.
Amé tanto y para nada o fue todo y me equivoqué.).

*****

El malecón hacía aguas a mi paso, malecón de piedra.
Los muertos danzaban con el vaivén de mi ausencia.
Yo siempre volvía, siempre que me devolvieran,
siempre que me llamaran, siempre y a toda vela.

*****

¿Habéis mirado alguna vez las turbias aguas, densas,
vertiginosas del vertizonte inquieto, inquietante?
hay que aferrarse a la invertida nostalgia,
verterse como una lágrima tiránica y antigua,
derramarse sin tregua como la sangre primera,
chasquear la lengua, pedir custodia a los ojos,
hincar los huecos y rehendijas del ánimo,
gritar adiós y volverse sobre sí mismo
y hasta siempre.

*****

Lo supo la mar que tanto sabe, tiene y guarda.
La mar que despedí desde mi butaca.
La mar, ¡qué mar!, a mar huelen mis huesos,
polvareda viajera que se arrastra."


[Lástima que todo este poema que fue escrito con admiración, se haya hundido en las pelágicas aguas del desprecio. Era mejor en el océano que en tierra; este hombre firme y seguro de sí, torció su noble gesto cuando llegó a puerto y se quedó allí y allí trabó amistad con otro hombre de lealtad inquebrantable, de abrazo y palabras sinceros, que no aparece en los versos, pero que, en cierta forma, navega sobre ellos, con más rumbo y gobierno que cualquier maniobra del aquí retratado. Lástima y adiós, viejo, que te vaya bonito (del norte, faltaría más).]

A 'Tres Jotas', el durmiente alado, que se sueña


Me llamo John: soy un niño y me sueño.
Todas las noches me sueño, John niño.
Tengo alas de blancas olas y solas en vaivén.
Mi vuelo es luciérnaga que avisa al vigilante,
avisa que paso, de paso saludo, de paso.

*****

Nada me estorba ni me enturbia;
la anciana negra me acoge y me regresa,
todavía niño y entero, casi ya hombre:
me entretengo con mis verbos caminos,
me recorro inquieto y me devuelvo dormido.

*****

Y... aunque sé volar, me aterran las nubes,
y... aunque sé quedarme, me despego y me lanzo
... ay, y me despierto... tan con ganas,
tan con tanto, tan contento. Grito y me rebelo.
Mi nombre es John, soy un niño, y me sueño,
siempre me sueño niño, niño John, niño.

[Éste que llamo John, mi ahijado Tres Jotas (Three Js), hijo de mi mejor amigo y aliado en la vida (también en la literatura), logró que recuperara mi fe en la VIDA. Su sonrisa contagiosa, sus ganas de ser y estar en el mundo, sus peculiares sueños dieron alas a estos sencillos y honestos versos. Va por ti, John, amigo mío.]

viernes, 30 de enero de 2009

Va de nudos (Parte II)

Ya de vuelta (de todo), mejorado el dominio de sí, me dirigo, de nuevo, con el ánimo de ser breve (como Pipino) y dar pábulo a una noticia que recorre los círculos de poder, los fácticos y los de hecho y, al fin, aclarar el misterio que rondaba las casas de todo bicho viviente y por vivir y que durante milenios ha permanecido oscuro cual mejunje de alquimista, siendo sólo unos pocos los elegidos para estudiar tan tremendo fenómeno, descubrir sus causas (las primeras y las últimas) y, sobre todo, sus consecuencias o, por mejor decir, sus fines. Átense los machos, los señores; las señoras, las hembras y los indefinidos o ambiguos, apriétense el cinturón que se avecina tormenta (y tormentos).
De aquellos nudos de los que hablé en la parte primera, nos queda un regusto a gremio, a judería antigua de orfebres y comerciantes, de puertos y ensenadas, y de líos que se deshacen, como se deshacen las margaritas, las jaras pringosas y las amapolas. De éstos que me preocupan (y al intentar desatarlos, me ocupan y me envenenan) son los nudos con vida propia, los autónomos hijosputa que incordian al más templado y corajudo. No hay tu tía... una vez hechos (a sí mismos) puede uno estudiar leyes físicas, cuánticas e ingenieras que no dará con el cabo resuelto. Este enigma que ha traído de cabeza a tantos (me incluyo) sabios y eruditos inútiles (perdidos y ensimismados, acabaron riéndose de los lazos de pajaritas, y los nudos de los troncos viejos, y de las velocidades de la naves sobre la mar gruesa...) Este enigma, insisto, ha sido, por fin aclarado, más bien declarado. Dios hizo acto de presencia en un mitin de IU (con LLamazares llorando por las esquinas, como debe ser, y Carrillo -de invitado, que conste- arrodillado ante tamaño engaño), apartó a empellones a los parroquianos y se subió (Él solito) al entarimado de los elocuentes oradores de la izquierda más temeraria y pronunció lo que sigue:

"Yo hago nudos imposibles, jodidos y a mala hostia, en mis ratos libres y porque me tenéis hasta los mismísimos atributos divinos. Y no me toquéis donde ya sabéis, porque a poco que sigáis haciendo el imbécil (y ya son siglos, so gilipollas), empiezo con los engranajes de las máquinas y, entonces, sí que no salís cuerdos ni con nudos ni sin ellos. Ah, se me olvidaba, la eternidad sigue en pie. Así que no os despistéis, mamarrachos desagradecidos".

Luego fuese por donde vino, a la francesa, y mirando de reojo (o fue un guiño, nunca se sabrá) a una comunista de muy buen ver que le dio la espalda por carca y retrógrado.

Va de nudos (Parte I)

Dejen por un momento lo que estaban haciendo. ¡No! Quiero decir que me presten atención (¡anda qué! Me-nudo vendedor soy de mi blog): piensen o, mejor, recuerden aquella vez en que dejaron unas cadenitas (de ésas del cuello) en una gaveta del escritorio o en un cajón o, mismamente, donde se suelen guardar estos abalorios, en un cofrecillo o joyero al uso. Pasadas unas horas, puede incluso que minutos, las cadenas salen anudadas de tal forma que necesitas llamar a un cerrajero para lograr devolverlas a su estado natural, bello y útil. Quien dice cadenas, dice cordones, cables, bramantes, sogas, hilos...
Son los nudos, amigos míos, pequeños diablillos, locos de atar que campan por sus respetos a la menor oportunidad que se les brinda (descuido o exceso de confianza del incauto "desencadenador"). Los hay marineros, hechos con soltura, gracia y esmero y arte, que algunos son como ponerlos en clave matemática (de hecho es un término que se usa habitualmente en esta ignara e ignota ciencia, incluso hay una teoría de suyo), con nombres muy guasones algunos, como el nudo de la abuelita, otros étnicos y con algo de mala leche (nudo cabeza de turco), los hay corredizos, de empalme, el calabrote (que es palabra quevediana) de gaza (fijos y que no deslizan, no como los que se lían en la zona maldita de Israel y que tan malas noticias traen y llevan, con sus muros de lamentaciones y muerte, sangre y fatalidad), el puño de mono, que hay que verlo para creerlo; están también los de corbata (y no me hagan bromas, que las conozco todas)... yo prefiero el Windsor (me lo enseñó el padre al cumplir los dieciocho, éste y aquel otro que utilizaba para las bolsas deshechables para que ocuparan menos en la basura de todos los días), pero los hay de fantasía o de lazo, como el Eduardo VII, el doble, el cruzado clásico o el Ascot de Seda... Otros los hacen los montañeros o montaraces andadores de cumbres, y, para no quedarse cortos, los médicos practican los nudos quirúrgicos con intención de sanar, los pescadores para sus artes y nasas, los pastores para su oficio trashumante... Y los escritores (escrivividores como yo) se hacen la picha un nudo hasta que logran decir lo que venían a decir. En fin, y disculpen, será por nudos. Toda una historia repleta de nudos (el gordiano sin ir más lejos, de hecho, está lejísimos) y nudillos (pero éstos son otra cosa y sangran al ser usados), menudos y menudillos, haberlos haylos, des-nudos (algunos dignos de versos, otros, mejor beber de las aguas del Leteo que ayudan a olvidar). Y, por último, qué me dicen del cordón umbilical (origen y vínculo, alimento o trasto de traseras de ciertas clínicas al uso y abuso) que en algunos fetos se les anuda e intrinca, haciendo más difícil el alumbramiento.
Nudos, benditos nudos, algunos antropólogos creen que son antes del hombre, pues la naturaleza, sabia, al fin, como suele decirse, ya los formaba con lianas y ramajes, y el pelo del animal (el que lo tuviere) se enredaba en nudos... ¡cómo no dedicarle 200 líneas! [Y todavía no he mentado el porqué del título de mi entrada. Y no es que tenga que dar explicación alguna, que si alguna explicación os debo, lectores bienamados y bienpensantes, no es otra de por qué no han suprimido mi blog todavía quienes se encargan de ello (los temibles administradores, funcionarios de la Red). Déjenme que me recupere unos instantes con mi querida esposa, que sabe cómo reconducir mi cerebro dedálico y mi ícara verborrea. Hasta entonces, paz y bien, mis semejantes, mis hermanos).

Homenaje al árbol del borracho











Cum res animun occupavere, verba ambiunt
(Séneca, Controversias)

Así como el cordobés Séneca nos enseña que las cosas cuando llegan al alma, las palabras salen solas, así la vida se recorre a tientas, tocando las mañanas, oliendo la nocturna... sintiendo el horizonte (me disculparán que esta frase no la traslade al latín, que se las trae, la muy sentencia, entre otras razones porque mi latín sólo lo hablo con plantas y flores, y no siempre y con el mismo acento. Depende más de la planta).
Una de esas cosas a las que el sabio (y yo, qué coño) se refería, es un árbol muy peculiar (su nombre culto es Chorisia y pertenece a la familia -¡qué gran institución!- de las bombáceas. Es conocido vulgarmente, según tribu, por diversos y cariñosos apelativos. Desde el que da título a esta entrada, palo borracho -por su característica forma de botella- toborochi, yuchán, algodonero, palo botella, palo barrigudo, samohú, samuhú, ñandubay, o painero. [Intenten decirlo todo de corrido y ya verán qué cara se les queda]... y aunque crece más bien en los bosques cálidos y húmedos de las regiones tropicales y subtropicales de América Central y del Sur (generosa Wikipedia), del que yo escribo y recuerdo (escrivivo) se encuentra en Valencia, y, aquel día en que nos conocimos, el borracho era yo y el árbol, él, que quede claro. Nuestro vínculo nació fresco, como la mañana levantina, natural y espontáneo, y debido a mi esbornia de muy padre señor mío, en un principio creí que había dejado embarazo al tronco de tan abombado que estaba, y de sus púas, pensé que saldría criatura amorfa y ya marginada. Comprendan que durante toda aquella noche, mezclé vino (merlot de crianza de Utiel -Requena-, que a primeras horas y a primeras copas, suelo tener clase), licores varios (orujos, blancos y de hierbas, para mejor digerir el conejo a la cazadora que me metí en la andorga), y, para terminar, aunque nunca lo hiciera del todo, caldos escoceses de pura malta (a 10€ copazo, según marca... según marca del whiskey, no el tabernero, que todo hay que explicarlo, carajo). Así que imaginen en qué estado entablé conversación con ejemplar arbóreo tan soberbio como sobrio. No habré de explicar de qué charlamos, pues a mí se me entendía mal y el árbol, aturdido como estaba ante la escena humana y a su natural costumbre de apartar a extraños con sus endiablados clavos, sólo pudo pronunciar, en antiguo verbo, una exclamación de sus robustas ramas... algo parecido a o se aleja de mí, borracho inmundo, o llamo inmediatamente a la policía. Aunque procuré mantener el tipo (el de duro), me desanimé cuando comprobé que se había dado la vuelta para no escucharme más, en actitud de estudiante herido en su orgullo o castigado, según se mire.
Desde entonces no bebo ni gota de alcohol, ni falta que hace (más tarde leí en alguna parte que el Palo borracho no necesita apenas agua para soportar su recio porte y que crece ágil y sano si no hay viento que lo entorpezca). Yo mismo me hice sobrio y amigo de aquél que supo tratar como es debido a despojos y piltrafas callejeras con ganas de incordiar el bien merecido descanso de los seres vivos. Siempre que puedo, vuelvo a visitar a mi ilustre compañero de jarana, a quien puse de nombre, Jacinto, por ser éste impronunciable cuando estoy bebido más de lo debido (prueben, si no), procuro no abrazarle muy fuerte (véase foto superior izquierda) y le digo unas palabritas a modo de salve (quien pueda) o ditirambo:

Aquí yace tu hermano de sangre
en el vulgar nombre
,
cuya alma es como tus hirientes púas,
y se derrama

cálida
sobre la hojarasca
.

miércoles, 28 de enero de 2009

Anhelo de viento

Imaginen por un momento que seamos felices (no digo todos, obviamente, me refiero a mí, luego existo). ¿Qué haríamos después?
A nadie le gusta sufrir, ni siquiera a los masoquistas que mienten como bellacos (una azotaina en las nalgas, no es, precisamente, al sufrimiento del que hablo), pero son muy pocos los que disfrutan del placer de vivir, y, estos pocos suelen haber sufrido tanto que pasan desapercibidos entre la barahúnda de gritos y lamentos. Suelen ser callados y austeros, pasean sin ritmo tarareando una melodía o sonriendo a las esquina (he dicho bien, "a las esquinas", no "en las esquinas", que sería otra cosa). Son despistados o torpes, porque tropiezan sin querer con los escalones que sube ni bajan (Escher dixit) o con farolas que no alumbran, aman a los demás porque sí y porque de no hacerlo sería traicionar la razón (principio, axión...) por la que se levantan... mueren en el olvido sin ser nada y el resto no aprende de ellos pues si se fijan ni len ven ni les perciben. Ya digo, son escasos, y no hacen ruido, además no se juntan ni hacen pueblo, ni soberanos ni tiranos, ni filósofos reyes, ni participan ni se esconden, ni aconsejan ni reprochan... son pasajeros sin tiempo que no embarcaron ni se despidieron. No sé quiénes son y si alguna vez fueron. Sólo sé que no soy uno de ellos. A Dios gracias, porque no hay dios que los aguante. Panda de cretinos y canallas... van por la vida como quien se baña en la arena habiendo agua, pasean al gato y dan de comer al saciado, regalan espejos al moribundo, senderos minados al bartolomeo y muletas al lázaro, algunos escriben versos, otros los recitan (van de versos, vaya), todos hablan lenguas de tan sencillas que la Torre de Babel se vuelve Pisa, pues se inclina ante sus verbos y se olvida de Dios y de cumbres, suben a los árboles para contemplar el riesgo y el esfuerzo ajeno, luego bajan casi sin resuello, habiendo visto el bosque entero, no caminan sobre las aguas porque no lo intentan ni lo pretenden, se quedan en la orilla mirando un grano de concha o saludando a la espuma de la ola que regresa... Son como nosotros, pero sin preguntas, de hecho, creo están muertos. Es decir, fueron como nosotros, dejaron de serlo, y, por eso, sonríen y se muestran satisfechos.
Os pregunto de nuevo: si fuéramos felices, ¿qué haríamos luego?