miércoles, 18 de febrero de 2009

El corajudo y levantisco Orson Tell [Primera parte]

Una clara mañana, en que andaba yo entretenido con algunas hierbas del jardín, clasificándolas según Linneo (esto es, a mi antojo y en manojo), pasó como una exhalación un hombrecillo que no levantaba del suelo ni 5 pies (salvo los dos que le servían de armadura para andar, ya saben), resollaba como un caballo después de una galopada exhibicionista, y hablaba como si fuera a perder el don de la palabra en cualquier momento. Yo, que de por sí soy despistadillo y algo acojonado por un quítame allá esas pajas (cobarde, que suena y dice mejor), me encogí de hombros, me pegué la barbilla aperillada al pecho en señal de sumisión, como sé que hacen algunos animales vecinos míos cuando viene el guarda ciudadano, y esperé a que pasara aquella tormenta humana, verborreica y colérica como pocas veces había visto (mi madre, en un par de ocasiones y a la desesperada). Y pasó. Vaya si pasó. De repente, lo que antes no había sido sino un torrente de ira y angustia, todo mezclado, como la memoria y el deseo de Elliot, de indignación y orgullo pisoteado, ahora era un devenir. Y ustedes se preguntarán qué es un devenir en este contexto. Pues yo se lo explicaré encantado, que para eso estamos en este oficio sin maestro ni maestría. Aquel señor bajito y malhumorado, por nombre Orson, de apellido Tell, se calmó. Como lo hace una madre jabalí cuando contempla a sus jabatos lejos del peligro, o como he visto que acostumbran algunos bebés cuando la madre mamífera les da su calostro. [Sí, lo sé, amigo Carioco, hace tiempo que tenía que haber llegado donde me propuse, pero... ¿y si lo que me propuse fuera esto que lees?]. Vuelvo a decirlo, por si se lo han perdido (me los imagino yendo al servicio, como sé que hacen cuando ven la televisión y ponen anuncios): Orson Tell se calmó y lo hizo de súbito, que de cúbito no podía por una lesión antigua y penosa.
Hasta aquí mi encontronazo con este personaje tan real como el tordo que acabo de ver pasar por el tejado de mi casa. Mañana les cuento la historia no tan real de Orson Tell que me fue dado conocer de viva voz por el mentado, con aspavientos propios de un cantante de ópera. Lo dicho, hasta mañana.

lunes, 16 de febrero de 2009

A don Carioco, por faltón y certero

De los tres seguidores que tiene este endemoniado blog (palabra fea, carajo), uno de ellos es esposa (que lo lee por si entro en falta), el otro, amigo (obligado -a leer el susodicho, no a ser amigo-, coño, que todo hay que explicarlo) y el que resta, amigo también, y de la infancia, el único que conservo, de higos a brevas me echa un vistazo para dejar su huella imborrable de Carioco lunático y porrero. Pues bien, este último, me aconseja, con sutiles advertencias, que haga más breves mis entradas, recordándome de paso una frase célebre de un Gracián olvidado, que no tiene todo el día para dedicarme tanto tiempo, que sí que le gusta, leches, pero que no, vaya, que no está ni de coña dispuesto a que le crezca la barba mientras se vuelve tarumba buscando en el diccionario las malditas palabrejas que él jura y perjura no existen. Como razón no le falta, aunque no ande sobrado de ella (para qué callarlo, amigo, a estas alturas de nuestras vidas por debajo del nivel del mar y de casi todo lo demás), en honor a él, haré que esta entrada, al menos, sea tan breve que voy a darla por zanjada. De hecho, si me apuráis, me sobran diez líneas. Y, sin embargo... qué ganas de seguir tecleando como un inspirado psicótico alumbrado por legiones de ideas y palabras. Palabras, palabras. ¡Qué haría yo sin ellas!

sábado, 14 de febrero de 2009

La verdadera resurrección del Ave Fénix

Hace miles de años, una criatura fea de narices -y otras partes que se omiten con la esperanza de cambiar el rumbo de las palabrotas de una vez por todas- tenía la también fea costumbre de resurgir de sus cenizas, convertirse en un gusano y crecer hasta hacerse una y otra vez el ave que conocemos como Fénix. Pues bien, hasta aquí, y muy resumida, la historia mil veces contada de este travieso pajarraco que ha servido a fiolósofos, escritores, e, incluso, periodistas e intelectuales a dedo, políticos de medio pelo y amos de casa, para elaborar sus finísimos discursos, hirientes algunos, dadivosos otros, los más, inútiles y un mucho arrogantes. El caso que me trae a estas páginas (amén de mi deber de inocular en mis lectores un poco de la sabiduría que poseo) es la aparición de Metrodoro de Chío, personaje que afirma ser el Ave Fénix, en su trillonésima resurrección. Nacido a orillas del Helesponto, muy cerca de la ciudad desaparecida de Dardanos, muy pronto destacó como desplumador de pollos, insólita y temprana habilidad que le valió el sobrenombre del Polluelo y un ascenso en la jerarquía social, haciéndose valer en el duro oficio de juntapiedras (arte remoto y ya arruinado que consistía en reunir rocas de todo tamaño, forma y condición y colocarlas en diferentes lugares para despistar a los futuros antropólogos y especialistas en geología). En una de éstas, Metrodoro arrancó con sus propias manos (en aquellos tiempos, las extremidades de los hombres se ajustaban más a las tallas de las cosas que le rodeaban) dos farallones del Egeo, solitarios, que se miraban de reojo y con malas costras, y los colocó juntos (de ahí el nombre del oficio antes mencionado) en forma de abrazo fraterno sobre una eminencia que llamaron Dardanelos (tristemente conocida, siglos más tarde, por ser motivo de disputa entre muy variados pueblos). Aquello fue el non plus ultra y nombraron a Metrodoro, caballero ejemplar de Chío (isla de las costas de Turquía, llamada también Quíos, y donde dicen nació Homero y el matemático Hipócrates, aunque se nos da un ardite en estos momentos quién y dónde...), honor que en lugar de gloria le trajo a Metrodoro angustia y ociosidad a partes más o menos iguales. Sin nada que hacer (cobraba estipendio de las arcas de la isla que ahora llevaba en su segundo nombre), vivía en rica choza, frente a un lago del color de las llamas de una hoguera a medianoche, sin mujer ni hijos que le sostuvieran en la vejez (aunque bien mirado, por entonces, sólo frisaba la treintena), y sin más vecinos que una atolondrada alondra buscando a la desesperada hembra para la coyunda y posterior nidada, un perro flaco que llegó un día y no quiso irse (a pesar de que Metrodoro no le daba de comer, ni le acariciaba, por no hacer, ni le tiraba piedrecillas para que el tontolahaba cánido se las trajera meneando la cola pulgosa) y una carpa que vivía en el lago, que brillaba como una amatista y saltaba y brincaba y hacía cabriolas para que Metrodoro aplaudiera y sonriera al menos. Poco más tenía Metrodoro de Chíos en aquella su decente y olvidada existencia, hasta que corajudo y algo imprudente, metióse en el lago hasta la rabadilla (hacía un frío de pelotas), gritó dos palabras ininteligibles (luego, un paisano reveló que tales palabras fueron: "¡La madre que parió a este elemento llamado líquido vital!". Como puede verse eran más de dos palabras, pero el narrador insistió que todo cuanto dijo era verdad y nada más que la verdad y a ver quién osaba contrariarle) y hundióse hasta el fondo (unos dos metros, pulgada más pulgada menos) y no se le volvió a ver hasta el momento en que llegóse hasta nosotros (humildes mortales del siglo XXI) con cara de pocos amigos (ninguno, para qué engañarnos) y la asombrosa declaración de que era el Fénix, el mismo que viste y calza, en su trillonésima resurrección, añadiendo a los allí concurridos en fiel asamblea: "Estoy harto de que se hable de mí como si no existiera, como si sólo fuera un ave de la mitología helena y de Troya, una puñetera y aburrida metáfora de los hombres que caen y se levantan (boxeadores, algún que otro futbolista metido a cocainómano, políticos corruptos que piden perdón y remontan el vuelo dando conferencias en prestigiosas universidades cobrando una pasta gansa, periodistas borrachos que reciben premios por escribir un libro de memorias, etc.), que si me prendo fuego y sin rechistar , que luego me incinero a mí mismo cuando me da la gana, como si preparara un conejo a la parrilla y se me olvidara darle vueltas, y, ya puestos, resurjo un par de días después con una sonrisa de ala a ala, bendiciendo la mañanita (trillonésima mañanita de los cojones) que me vio (re)nacer. Vamos, coño, que no somos niños. Que estamos ya a siglos vista de aquellas mentes estrechas que se inventaban un dios si estornudaban o si no hacían de vientre en una semana. Soy Metrodoro de Chíos, en buena hora me ahogué en el lago aquel, por alguna extraña razón que no comprendo, el verdadero Fénix yacía en el fondo arenoso, medio alelado en forma de gusano (como bien dice la leyenda), muerto de miedo porque veía pasar peces del tamaño de un ruibarbo y con hambre de días, no lograba resurgir de sus cenizas, pues el agua es un elemento muy particular (es decir, lleno de partículas) que no permite que el fuego se expanda y mucho menos que se hagan cenizas en su cosedad... así que el Fénix se quedó en gusano durante siglos y yo, quedéme allí, medio muerto medio vivo, con un hastío de mil pares de Francia en horas bajas, hasta que decidió darme sus poderes metiéndose en mi cuerpo incorrupto. Tuvieron que pasar más de cinco mil años para que el apestoso lago se secara (y eso, porque unos constructores inmobiliarios lo drenaron para construir adosados de tres plantas con bodeguilla) y yo resurgiera por trillonésima vez en esta que veis mi agilipollada figura. El jodido gusano que fue el Fénix verdadero debe andar por el hígado comiéndose mis escasas células hepáticas, los médicos hablan de cirrosis, yo soy más directo y hablo del hojoputa fenicio, que por vago y cobarde no quiere resurgir de nuevo de sus cenizas, y me tiene en ascuas no sé por cuánto tiempo. Dicho queda. Y que no me entere yo de que algún imbécil intelectual de esos que hoy abundan, con cuatro textos clásicos mal leídos y una pedantería emética, menciona al Ave Fénix sin pagarme derechos de copyright, que me voy hasta la SGAE, hablo con un tal Ramoncín (que ya le vale al tío ponerse ese nombre) y os pongo una demanda a la antigua usanza (o me pagáis la deuda, u os corto los redaños)."

Ya lo saben. Luego no me vengan con jeremíadas.

martes, 10 de febrero de 2009

La inverosímil historia de Zótimo de Silesia

"Nací en Vadallolid, más probe que un pastor de crabras, pero copo a copo fui haciéndome un sitio en la aldea gracias a un don que recibí de la Naturareza: me entendía con cualquier aminal, blablaba su idioma sin dicifultad y todos, sin expepción, confiaban en mí, sin tajupos ni zaranjadas. Abama a los aminales y ellos me abaman a mí. Ésta es mi hisrotia y voy a contarla, porque me la da la naga, estoy viejo y candaso, y me trae al piaro el que ridán".

Así empiezan las pocas páginas que dejó escritas Zótimo de Silesia. Conservaré la forma de escribir (y de hablar) de este gran hombre, por respeto a su memoria y, sobre todo, porque así se harán un idea de lo que tuvo que lidiar en vida con sus taras y gozar con sus gracias, taras y gracias, ambas naturales, que nadie le empujó ni enseñóle. Sean magnánimos, ríanse, si así lo desean, pero comprendan que para Zótimo de Silesia, todo fue un calvario con sus semejantes y una arcadia con los que en nada se nos parecen (si exceptuamos el marrano y el mono, y, si me apuran, la rata). Cuando hayan acabado su lectura, se les hará un nudo (véase la entrada dedicada a ellos en este blog) en la garganta y convertirán a este personaje en un héroe de leyenda para contárselo a sus vástagos y continúe así la tradición de hombre a hombre. Vaya, pues, y sea, la inverosímil historia de Zótimo de Silesia.

"Voy a contar loso una parte de mi etixencia, porque las otras las he oldivado o es mejor no redorcarlas. Fue ennorto a 1979, combata yo unos 16 años, casi doto el pueblo me mallaba Zote, por avrebriar, y también por lama chele. Desde enzontes hasta ahora, que soy ya aniazo, me rerité a los bosques, loso y sin dana más que un ruzón con algo de codima que me dio mi alueba Gertru, un cullicho de monte, que me dio mi dapre y una requilia falimiar con la igamen de san Zótimo (opisbo y mártir), protector de antusguiados y tadaros, amén de grálimas chumas de mi damre y una exñatra soca que me dio mi hernamo (que nació mornal) y llevo 40 años intendanto saber qué ñoco es y no me ha serdivo rapa dana. Marmeche con la cazeba achagada y con el barro entre las nierpas, malcidiendo el día en que nive a tese dojido mundo con esta dojida rata, oblidángome a alemarje de los míos y a frusir las lurbas e intulsos de los medás. Perdido y tuermo de diemo, entoncré una tugra grena y malotienle, de oso ajeño. Quemede allí dordimo y soñando con blablar moco un buen crisniato, de codirro y con la sadiburía del hotesno Sótraques (ése que dijo que loso basía que no basía dana). Duanco desterpé, enmutecido y con un frío de conojes, me moquí lo que mi drame me dio para moquer y me supe a canimar para hacerme una idea de dónde esbata y construir cerca mi vuena y úquina saca. Darté loso unos días: un árbol emorne (creo que era un casñato por sus ravas garlas y sódilas), me busí a la certera (3ª, me se dan jemor los múneros) marra y allí, con marrajes, rabo y tierra húdema, llatos, muplas de párajo y queñepos guirrajos de río, hímece una escepie de cañaba, rapa endenternos, un zocho hudilme, repo serugo y, brose doto, mío y loso mío. Las chones eran penolas y garlas y muy osrucas, no obstante, me fui acosbuntrando y, tras unos semes, insuclo me gusbata... doto sicenlio o, moco chumo, el ulular de los húbos y medás amiñalas de la chone. Por las namañas, iba al rialuecho a cespar y me se bada bien la cespa, así que moquía naso y dotos los días, gocía tamplas y hierjabos (roremo, valanda, motillo y esas socas rapa larde basor a los sigos), trufas y frutas, frutas y trufas (no me se condunfan), rara vez tesas y esrápagos (gesún tenrodapa, brose doto, en privarema y oñoto). El tesro del día lo pabasa yelendo dos libros que me relagó el sadercote del bueplo, La Blibia y un dinicioario itusladro con chumas lapabras que aprendí de meromia, aunque no me aduyaron chumo con la naufa donde dedicí vivir. A lo que voy, que tengo carataras en los ojos y arsotris en las namos. Un día, hacía lacor, chumo lacor, un oso emorne se frobata la esdalpa tronca el contro de mi árbol. Me tembablan las rollidas y me casñateaban los tiendes, el oso me rimó y me blabló en su imioda, y, soca cusiora, endentí lo que me jido. Y el oso me jido en su imioda: "yo que tú haría lo mismo que yo, es para combatir a los piojos y demás parásitos, que son muy tenaces y molestos. No tengas miedo, tengo la andorga llena de salmones y miel. Anda, bájate del árbol y ven conmigo". ¡Drame de Siod! Por fin podía conumimarque con mis no mesejantes, mis no hernamos de granse, con lo aminales de Siod, criarrutas sin zarón ni conciencia (hay tierzas lapabras que gido sin condunfirme, moco los monobílasos y las que nieten las mismas cononsantes). Jabé del árbol y aponcañé a mi vueno agimo, el oso, y encepamos a blabar en su imioda de lo yuso que es el piento (el micla, rieco cedir), de lo hersomo que es el hozironte... en fin, de la diva misma. Repo, demejos blabar al oso que vella en sus neges la sadiburía tival, minelaria y suaquidiniva".
"Sígueme, hermano hombre que a duras penas hablas como los furtivos que por desgracia conozco, y muy bien por cierto, que voy a mostrarte la Vida tal y como fue concebida sin vosotros. Y te harás uno de los nuestros y hablarás nuestro idioma animal y ya no volverás a sentirte como un guiñapo. Mantén los ojos bien abiertos, que lo que vas a contemplar es único y, por lo que veo, no podrás contárselo a nadie, porque menuda disfunción lingüística tienes, condenado."


Y con estas últimas palabras escritas al buen tun tun, Zótimo no dejóse ver en décadas entre los suyos, los humanos, convivió con los animales a los que cuidaba o protegía, si la ocasión así lo propiciaba, conversaba con ellos de cientos de hechos acaecidos en tiempos remotos y disfrutó de una vida plena sin verbos ni adjetivos ni sustantivos ni gaitas. Al hacerse mayor decidió contar en unas breves líneas lo que ustedes han tenido oportunidad de ¿leer?, bajó por el río que da al pueblo que le vio nacer y luego burlarse de él como del asno, diole estas páginas (sacadas de un tronco de abedul en finas láminas) al cura (que era nuevo, joven e inexperto. Soy yo, sin ir más lejos) y aquí me ven siguiendo con la sagrada tradición sacerdotal de cumplir una promesa. Dicho y hecho queda. Gocen y aprendan, si acaso lo logran, que yo tuve para mí, al leer lo escrito por Zósimo, que la condición humana tiene más de condición que de humana, y, dicho sea de paso, me retiré a un monasterio de La Alberca (orden carmelita) donde renové mis votos para dejarme iluminar por esa luz interior y sin ocaso que creo firmemente vio el tal Zótimo de Silesia. Sean ustedes bendecidos y perdonados.

Mi nombre poco importa para esta historia, pero como no carezco de cierta vanidad y soberbia mundanas, firmaré este relato como Frey Metodio (fui militar y me licencié con deshonor el día de san Cirilo y Valentín, de ahí mi nombre de guerra, es decir, de paz soberana). Fiat. Seat. Amen.

P.D. : Si alguien necesitara de traductor, que no se acerque a mí ni en pintura. Haga un puñetero esfuerzo y comprobará cuán ennoblecido queda el espíritu.

lunes, 9 de febrero de 2009

La filosofía de Esparzano y el hallazgo de su hijo Androcles

Llevo dentro de mí el agobiante peso de las riquezas que no he dado a los demás (Rabindranath Tagore)

[Dedicado a mi buen amigo y compañero de palabras y breves pero intensos paseos: R.E.]

Hubo un día un filosófoso de la escuela del Losismo, nacida al albur de la inteligencia emocional y artificial muy en boga en los confusos y erráticos años de Melquíades llamado el Mediano, mientras trabajaba en sus cosas (nunca se ha sabido muy bien qué cosas son esas de los filosófos), con libros por todas partes y en todas las posturas, cerrados y abiertos, encuadernados en piel de cordero o a pelo, en lenguas muertas que evocaban y en lenguas tan vivas que gritaban; cierto olor impregnaba la estancia del hombre allí sentado en su mecedora de ideas y venideas varias, y no era grato al advenedizo ni siquiera al loro que convivía con el filosófo. Se llamaba Anfitrión, el loro, que el filosófo respondía al nombre de Demócrito Esparzano, y eso, si respondía, y no era sordo sino ensimismado, que es bien distinto, Dios lo sabe, y se entretenía con el ruido de la hoja que cae en el otoño durante horas, cuando ya era hojarasca, y así seguía mirando el árbol, la rama, el tronco, y, sobre todo, la hoja, bendita hoja que Esparzano miraba y remiraba. Decía que hubo un día un filósofo...

- ¡Esparzano! Se puede saber qué diantres haces que no vienes a comer, que tengo la mesa puesta desde hace una hora y tengo al chiquillo mordiéndose las uñas! - chillaba la mujer desde la cocina, a cinco metros de la biblioteca sagrada del filósofo.

- Ya voy, mujer, no te impacientes, que las prisas nos aprietan y arrinconan, y de los nervios sólo se pueden sacar dolores y de los dolores... - la interrupción era necesaria, pues la escena que sigue, con la esposa como un basilisco, no es para lectores sensibles. Esparzano obedeció, abstine et sustine (abstente y soporta, era su lema) y ocupó su sitio a la mesa de todos los días (los de la mesa y el sitio, pues que yo sepa nada ha cambiado desde que trabé amistad con el filosófo) y comió las verduras con patatas que con tanto amor y dedicación habíale preparado su casi siempre serena y encantadora mujer, Eloísa (esta vez, sin almendro que valga).

Demócrito, queda dicho, era singularmente despistado, y a su mujer Eloísa eso, aunque pueda parecer extraño, le encantaba, pues, según ella se le ponía un rostro iluminado y grácil, casi infantil y a duras penas no se avalanzaba sobre su esposo para propinarle besos y carantoñas y una invitación al lecho... pero se dominaba, porque de sobra sabía que Esparzano era muy suyo cuando estaba filosofando.

- Es mi trabajo, mujer. Observar, contemplar, meditar y repasar. Y, finalmente, pensar y razonarlo todo. Y así una y otra vez hasta que lo escribo. Sólo entonces, Eloísa amada, repito, sólo entonces, me entregaré a los placeres de la divina Venus.

- Tienes razón, pichurrín (Demócrito se ablandaba enseguida y Eloísa, por supuesto, lo sabía y se aprovechaba), tú trabaja que yo seguiré con la casa y el crío, pero recuerda que siempre que regresas de la alcoba, tu trabajo se vigoriza. Sólo te lo digo, porque, a veces, olvidas muchas cosas que son importantes, querido Demo.

Y con estas palabras, Esparzano quedaba atrapado en los amables brazos de su mujer, ausentándose por largo rato de su menester cotidiano. Volvía, tal y como afirmaba Eloísa, hercúleo y pagado de sí, firme y resolutivo... se encerraba una vez más en su universo privado, al lado de la cocina, a mano izquierda, y escribía sin parar. De cuando en cuando, una miradita al hermoso y recio roble de su huerto, otra al verderón que cantaba entre sus ramas y, ya puestos, al impecable horizonte que le inspiraba.

Fue en uno de estos días, tan claros y sin color definido, días Moby Dick, decía Espartano para sus adentros, cuando entró, por primera vez, el hijo de Demócrito y Eloísa. Androcles, que así se llamaba el zagal, algo tórpido como su padre, y guapo y sonrojado como la madre, había roto el pacto familiar: profanar el templo del conocimiento de Esparzano.

Sorprendido, algo enfadado, pero sin llegar a la cólera, ni siquiera al estupor, Demócrito decidió sonreír al muchacho e invitarle a entrar aún más y que conociera los secretos del padre. El niño, había que verlo para describirlo bien, estaba que no cabía en sí de gozo (aquella estancia privada de su padre, con aquellas reglas tan severas... qué guardaría), se acercó al papaíto y le abrazó. Esparzano, que no creía en los rigores de la educación estricta ni estoica, le subió en brazos y jugueteó un rato con él, haciéndoles bromas y caricias. Cuando creyó llegado el momento de recordarle a Androcles que debía seguir trabajando, se lo hizo saber al chico, pero le permitió quedarse con él en la biblioteca.

- Anda, Andro, coge esas revistas viejas de ahí de la mesilla, y échales un vistazo. En algunas, no todas, la verdad, es una lástima (ya he dicho que se alargaba mucho y le costaba arrancar), hay algún que otro artículo interesante, aunque, definitivamente, no descubro en ellas nada serio como para tormarlo en ídem y consideración, pero, bueno, hijo, puede que a ti te diviertan.

El chaval, ya de suyo muy honesto a pesar de su juventud, le dijo al padre después de unos diez minutos de reloj, muy serio (el chico, no el padre):

- Papaíto, me aburro.

Demócrito empezaba a ponerse nervioso, se levantó, dio algunas vueltas por la habitación, observó, contempló, meditó y repasó y, finalmente, pensó. En otras palabras, se le ocurrió una idea para que su hijo, Androcles, estuviera entretenido, al menos, hasta la cena, para que él pudiera continuar su mamotrético trabajo: cogió tijeras y pegamento que había en la gaveta de su escritorio, arrancó una página de una de las viejas revistas donde estaba dibujado un mapa del mundo, la cortó en muchos pedacitos, y, a manera de puzzle, emplazó al chico a recomponer la figura original.

Al cabo de media hora, Androcles le entregó el mapamundi reconstruido a Esparzano, que, sorprendido por la habilidad de su hijo, que no había estudiado geografía todavía en la escuela, le dijo a bocajarro:

- Pero ¿cómo diablos has logrado hacerlo tan deprisa, si no sabes dónde está ni la Catay ni la Ockahoma; por no saber, todavía no sabes dónde queda la granja de tu abuelo?

El muchacho, tranquilo y sobrio como un cachorro junto a su madre, le respondió:

- Papaíto, yo no sabía cómo era el mundo, ni falta que me hace, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre, a quien sí conozco, y falta que me hace. Así que di la vuelta a los pedazos y comencé a recomponer al hombre. Cuando logré unir todos los recortes, di la vuelta a la hoja, y vi que había arreglado el mundo.

Demócrito Esparzano, entre lágrimas, agarró a su hijo, se lo llevó donde estaba su madre, se lo contó todo tal y como había sucedido y todos empezaron a reír. Aquella noche, embriagadora como pocas, hubo movimiento en la alcoba, y, desde hacía mucho tiempo, hubo risas compartidas, sugerentes y con idioma propio.

Esparzano no volvió más a su trabajo. Después de la lección que su hijo le había dado sin querer, decidió irse a la granja de su padre y trabajar la tierra con sus manos suaves y delicadas de filosófo ensimismado, de la escuela del Losismo, durante los confusos y erráticos años de Melquíades llamado el Mediano.

jueves, 5 de febrero de 2009

La "krustiana" y desalmada historia de Citizen Soig

[NOTA: pronúnciese "Soj" o "Suag", como si se tratara de un esputo]

Allende las eminencias televisivas, surge un animal periodístico de proporciones bíblicas, cuyas alas de gigante como El Albatros de Baudelaire "le impiden caminar" con la soltura y la elegancia propias de los de su clase,
sobre superficies de barro, como las de aquende, es decir, la prensa escrita (cuentan que Dios expulsó primero a un gacetillero del Paraíso antes que a Adán y Eva, por hacer demasiadas preguntas y, sobre todo, por dar demasiadas respuestas). Tal animal, bípedo, para más señas, y con pelo, revuelto y alborotado, según estación, aterrizó, mal y pronto, sobre los ingenuos y mal encarados individuos de LA ENTERADILLA (diario político, económico y religioso, y no siempre en este orden), hordas degeneradas y corruptas procedentes del primer hombre que habitó el Edén y por poco se lo carga. Al peludo y con dos patas se le conoce como Ciudadano Soig. Sea bienvenido, que falta nos hacía un poco de cordura y savoir faire, alguien que penetrara en las seseras vacías de estos rapsodas de la nada y les mostrara la luz envidiosa que emana del conocimiento. Un William Randolph Soig a la altura de los difíciles y penosos momentos que vive el periodismo de hoy.

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No fue fácil para El Ciudadano adaptarse a los cambios que él mismo tenía previsto y aún menos explicarle a la caterva de plumillas, idiotizada por los muchos años de ejercicio de profesión tan absurda como inútil, todas aquellas ideas que bullían en su cabeza como pócimas de bruja y que hacían que su pelo se encrespara y se enrabietara (como el de los gatos cuando se asustan o como el vello de mi antebrazo, tupido y tenaz, al escuchar un aria del ya ausente Carusso); los ojos salíansele de las órbitas (a un paso estuve de escribir "cuencas"), y espumarajos por doquier (como en un TBO). La imagen de aquel pobre hombre, con tantas cargas y un único cargo, daba repelús y un pelín de lástima... pero los días pasan como los cuervos por el bosque, con hambre y ruido, y todo aquello se tornó fea lid en un campo de agramante (akeldama, en arameo, donde dicen que murió Judas el Iscariote. Y lo menciono, porque el del beso traidor y las monedas de plata, se reencarna siempre, cada cierto tiempo, según situación y época históricas, en un hombre con ínfulas de grande, que hace de las suyas, sin poder ni querer evitarlo, dejando tras de sí una estela y un tufillo de hijo de puta rampante y altivo). Los contendientes, como no podía ser de otra forma, fueron el susodicho y carismático Soig y toda su hueste de apestados tiralevitas y juntasílabas, y los penosos y medianos Hermes de hoy en día, entre los que me incluyo (me incluí, entonces) por no haber otra especie que me acogiera y alimentar.

Meses duró la batalla, fría y silenciosa como azor sobre la liebre; algunos cayeron antes casi de empezar la refriega, otros abandonaron (pasándose al enemigo con información valiosa), poniendo cara de haber roto toda una vajilla de porcelana, herencia de la abuela; muchos aliviaban sus penas y dolores con el caldo que embriaga, de entre éstos, unos conversaban, peripatéticos, filosofando sobre la condición humana y el arte de la guerra... y, finalmente, los más aguerridos (héroes siempre ingenuos pero muy capaces) se lanzaban como moscas al parabrisas del coche fantástico del señor Soig y sus secuaces.

Como suele pasar en estas breves pero intensas pequeñas historias, la Historia acongoja con su sombra estilizada y manifiesta, ayudando no poco (como el crudo invierno a los rusos en sus peleas con franceses y alemanes, según daba o recibían) a uno de los ya hartos combatientes. Soig y sus muchachos, amparados por una crisis financiera de aúpa, un miedo de empresario (que debiera estar descrito y clasificado en los manuales de paranoia colectiva) y una mala hostia, malos modales y puñaladas esquineras varias y certeras (congénitos en algunos seres encrespados y con la sangre corrompida) lograron acabar con la débil resistencia de unos pocos ilusos y mal pagados (había que verles, con su hacha de guerra medio rota, unas arengas de militar curtido y estrategias de andar por casa, de ésas que si se tiran a la basura, nadie dice ni mu), saliéronse con la suya (que nunca es nuestra, vaya por Dios) y, sin comerlo ni beberlo, se rejuntaron (Dios los cría y... ya se sabe) como la mancebía o la cohabitación francesa, e hicieron de su capa un sayo, se pusieron LA ENTERADILLA por montera, camparon por sus respetos y no dijeron esta boca es mía.

Los vencidos (Vae victis) se desperdigaron: huyeron unos a la aldea familiar, donde serían acogidos con recelo (el dinero es el dinero), otros guardaron como la hormiga y sobrevivieron con menos, pero lo hicieron; y los más, como la cantarina y cantamañanas cigarra, creyendo que todo es verano (o el monte, orégano, o lo que reluce, oro) dilapidaron su escasa fortuna y en manos del Destino quedaron.
Lástima da verlos ahora, por las calles semidesiertas, hambrientos, y mendigando nóminas y contratos (sin trato, también) indefinidos.
Ciudadano Soig y sus correligionarios viven felices, comiendo perdices y cogiéndose cogorzas de bávaros y cosacos juntos, riéndose a carcajada limpia y repartiéndose las migajas que la lucha fue dejando, con más pena que gloria, mas vencedores al fin, gritan el nombre de su líder, aunque no sepan pronunciarlo, elevan preces al Señor, su Dios, y claman con lágrimas gordas tiempos pretéritos para recibir mejor los que quedan por venir.
¡Tres hurras por Citizen Soig! ¡Hip, hip, hurra! Y así, otras dos.

lunes, 2 de febrero de 2009

Saloma bravía


[Habla el marinero]

"Yo que anduve sobre las aguas, menudo elemento,
me dispongo a traerme los vientos de mañana,
al hogar de siempre: mi infancia de Navarra.
Que nada tuve y con nada me viajo a la Nada.
Nadie diga que se hundió mi quilla, ni en broma,
ni en rémora me lo digan, ni aun de veras,
que soy y fui Gabino y no se me caen las anclas.

*****

Soy un aristócrata del mar, pero del mar travieso,
mi nobleza está grabada sobre el trinquete,
y la mesana es fiel testigo de mi alma (mal) gastada.
Sólo las huellas en la amurada sobrecogida
invocan mi nombre cuando la galerna amenaza.

*****

Estoy a punto de irme, a punto y dispuesto,
no sin antes entregar la nostalgia y el miedo.
No sin antes bramar con sangre y sin despecho,
a las noches aciagas que me nacieron entero.

*****

Sólo me envanecen los amigos que tuve y tengo:
La pasajera tripulación de mi coraza de proa.
con la popa no me entiendo y su estela me lacera,
la mirada agaviotada y a la deriva blanca.

*****

Tengo tantas dársenas y pantalanes y radas
en las roídas rodillas, que me tamborilean
los recuerdos y se me abren de nuevo las llagas:
(El terral levantaba las faldas de las mujeres que no amé
Amé tantas mujeres que no me amaron siempre.
Amé tanto y para nada o fue todo y me equivoqué.).

*****

El malecón hacía aguas a mi paso, malecón de piedra.
Los muertos danzaban con el vaivén de mi ausencia.
Yo siempre volvía, siempre que me devolvieran,
siempre que me llamaran, siempre y a toda vela.

*****

¿Habéis mirado alguna vez las turbias aguas, densas,
vertiginosas del vertizonte inquieto, inquietante?
hay que aferrarse a la invertida nostalgia,
verterse como una lágrima tiránica y antigua,
derramarse sin tregua como la sangre primera,
chasquear la lengua, pedir custodia a los ojos,
hincar los huecos y rehendijas del ánimo,
gritar adiós y volverse sobre sí mismo
y hasta siempre.

*****

Lo supo la mar que tanto sabe, tiene y guarda.
La mar que despedí desde mi butaca.
La mar, ¡qué mar!, a mar huelen mis huesos,
polvareda viajera que se arrastra."


[Lástima que todo este poema que fue escrito con admiración, se haya hundido en las pelágicas aguas del desprecio. Era mejor en el océano que en tierra; este hombre firme y seguro de sí, torció su noble gesto cuando llegó a puerto y se quedó allí y allí trabó amistad con otro hombre de lealtad inquebrantable, de abrazo y palabras sinceros, que no aparece en los versos, pero que, en cierta forma, navega sobre ellos, con más rumbo y gobierno que cualquier maniobra del aquí retratado. Lástima y adiós, viejo, que te vaya bonito (del norte, faltaría más).]

A 'Tres Jotas', el durmiente alado, que se sueña


Me llamo John: soy un niño y me sueño.
Todas las noches me sueño, John niño.
Tengo alas de blancas olas y solas en vaivén.
Mi vuelo es luciérnaga que avisa al vigilante,
avisa que paso, de paso saludo, de paso.

*****

Nada me estorba ni me enturbia;
la anciana negra me acoge y me regresa,
todavía niño y entero, casi ya hombre:
me entretengo con mis verbos caminos,
me recorro inquieto y me devuelvo dormido.

*****

Y... aunque sé volar, me aterran las nubes,
y... aunque sé quedarme, me despego y me lanzo
... ay, y me despierto... tan con ganas,
tan con tanto, tan contento. Grito y me rebelo.
Mi nombre es John, soy un niño, y me sueño,
siempre me sueño niño, niño John, niño.

[Éste que llamo John, mi ahijado Tres Jotas (Three Js), hijo de mi mejor amigo y aliado en la vida (también en la literatura), logró que recuperara mi fe en la VIDA. Su sonrisa contagiosa, sus ganas de ser y estar en el mundo, sus peculiares sueños dieron alas a estos sencillos y honestos versos. Va por ti, John, amigo mío.]

viernes, 30 de enero de 2009

Va de nudos (Parte II)

Ya de vuelta (de todo), mejorado el dominio de sí, me dirigo, de nuevo, con el ánimo de ser breve (como Pipino) y dar pábulo a una noticia que recorre los círculos de poder, los fácticos y los de hecho y, al fin, aclarar el misterio que rondaba las casas de todo bicho viviente y por vivir y que durante milenios ha permanecido oscuro cual mejunje de alquimista, siendo sólo unos pocos los elegidos para estudiar tan tremendo fenómeno, descubrir sus causas (las primeras y las últimas) y, sobre todo, sus consecuencias o, por mejor decir, sus fines. Átense los machos, los señores; las señoras, las hembras y los indefinidos o ambiguos, apriétense el cinturón que se avecina tormenta (y tormentos).
De aquellos nudos de los que hablé en la parte primera, nos queda un regusto a gremio, a judería antigua de orfebres y comerciantes, de puertos y ensenadas, y de líos que se deshacen, como se deshacen las margaritas, las jaras pringosas y las amapolas. De éstos que me preocupan (y al intentar desatarlos, me ocupan y me envenenan) son los nudos con vida propia, los autónomos hijosputa que incordian al más templado y corajudo. No hay tu tía... una vez hechos (a sí mismos) puede uno estudiar leyes físicas, cuánticas e ingenieras que no dará con el cabo resuelto. Este enigma que ha traído de cabeza a tantos (me incluyo) sabios y eruditos inútiles (perdidos y ensimismados, acabaron riéndose de los lazos de pajaritas, y los nudos de los troncos viejos, y de las velocidades de la naves sobre la mar gruesa...) Este enigma, insisto, ha sido, por fin aclarado, más bien declarado. Dios hizo acto de presencia en un mitin de IU (con LLamazares llorando por las esquinas, como debe ser, y Carrillo -de invitado, que conste- arrodillado ante tamaño engaño), apartó a empellones a los parroquianos y se subió (Él solito) al entarimado de los elocuentes oradores de la izquierda más temeraria y pronunció lo que sigue:

"Yo hago nudos imposibles, jodidos y a mala hostia, en mis ratos libres y porque me tenéis hasta los mismísimos atributos divinos. Y no me toquéis donde ya sabéis, porque a poco que sigáis haciendo el imbécil (y ya son siglos, so gilipollas), empiezo con los engranajes de las máquinas y, entonces, sí que no salís cuerdos ni con nudos ni sin ellos. Ah, se me olvidaba, la eternidad sigue en pie. Así que no os despistéis, mamarrachos desagradecidos".

Luego fuese por donde vino, a la francesa, y mirando de reojo (o fue un guiño, nunca se sabrá) a una comunista de muy buen ver que le dio la espalda por carca y retrógrado.

Va de nudos (Parte I)

Dejen por un momento lo que estaban haciendo. ¡No! Quiero decir que me presten atención (¡anda qué! Me-nudo vendedor soy de mi blog): piensen o, mejor, recuerden aquella vez en que dejaron unas cadenitas (de ésas del cuello) en una gaveta del escritorio o en un cajón o, mismamente, donde se suelen guardar estos abalorios, en un cofrecillo o joyero al uso. Pasadas unas horas, puede incluso que minutos, las cadenas salen anudadas de tal forma que necesitas llamar a un cerrajero para lograr devolverlas a su estado natural, bello y útil. Quien dice cadenas, dice cordones, cables, bramantes, sogas, hilos...
Son los nudos, amigos míos, pequeños diablillos, locos de atar que campan por sus respetos a la menor oportunidad que se les brinda (descuido o exceso de confianza del incauto "desencadenador"). Los hay marineros, hechos con soltura, gracia y esmero y arte, que algunos son como ponerlos en clave matemática (de hecho es un término que se usa habitualmente en esta ignara e ignota ciencia, incluso hay una teoría de suyo), con nombres muy guasones algunos, como el nudo de la abuelita, otros étnicos y con algo de mala leche (nudo cabeza de turco), los hay corredizos, de empalme, el calabrote (que es palabra quevediana) de gaza (fijos y que no deslizan, no como los que se lían en la zona maldita de Israel y que tan malas noticias traen y llevan, con sus muros de lamentaciones y muerte, sangre y fatalidad), el puño de mono, que hay que verlo para creerlo; están también los de corbata (y no me hagan bromas, que las conozco todas)... yo prefiero el Windsor (me lo enseñó el padre al cumplir los dieciocho, éste y aquel otro que utilizaba para las bolsas deshechables para que ocuparan menos en la basura de todos los días), pero los hay de fantasía o de lazo, como el Eduardo VII, el doble, el cruzado clásico o el Ascot de Seda... Otros los hacen los montañeros o montaraces andadores de cumbres, y, para no quedarse cortos, los médicos practican los nudos quirúrgicos con intención de sanar, los pescadores para sus artes y nasas, los pastores para su oficio trashumante... Y los escritores (escrivividores como yo) se hacen la picha un nudo hasta que logran decir lo que venían a decir. En fin, y disculpen, será por nudos. Toda una historia repleta de nudos (el gordiano sin ir más lejos, de hecho, está lejísimos) y nudillos (pero éstos son otra cosa y sangran al ser usados), menudos y menudillos, haberlos haylos, des-nudos (algunos dignos de versos, otros, mejor beber de las aguas del Leteo que ayudan a olvidar). Y, por último, qué me dicen del cordón umbilical (origen y vínculo, alimento o trasto de traseras de ciertas clínicas al uso y abuso) que en algunos fetos se les anuda e intrinca, haciendo más difícil el alumbramiento.
Nudos, benditos nudos, algunos antropólogos creen que son antes del hombre, pues la naturaleza, sabia, al fin, como suele decirse, ya los formaba con lianas y ramajes, y el pelo del animal (el que lo tuviere) se enredaba en nudos... ¡cómo no dedicarle 200 líneas! [Y todavía no he mentado el porqué del título de mi entrada. Y no es que tenga que dar explicación alguna, que si alguna explicación os debo, lectores bienamados y bienpensantes, no es otra de por qué no han suprimido mi blog todavía quienes se encargan de ello (los temibles administradores, funcionarios de la Red). Déjenme que me recupere unos instantes con mi querida esposa, que sabe cómo reconducir mi cerebro dedálico y mi ícara verborrea. Hasta entonces, paz y bien, mis semejantes, mis hermanos).

Homenaje al árbol del borracho











Cum res animun occupavere, verba ambiunt
(Séneca, Controversias)

Así como el cordobés Séneca nos enseña que las cosas cuando llegan al alma, las palabras salen solas, así la vida se recorre a tientas, tocando las mañanas, oliendo la nocturna... sintiendo el horizonte (me disculparán que esta frase no la traslade al latín, que se las trae, la muy sentencia, entre otras razones porque mi latín sólo lo hablo con plantas y flores, y no siempre y con el mismo acento. Depende más de la planta).
Una de esas cosas a las que el sabio (y yo, qué coño) se refería, es un árbol muy peculiar (su nombre culto es Chorisia y pertenece a la familia -¡qué gran institución!- de las bombáceas. Es conocido vulgarmente, según tribu, por diversos y cariñosos apelativos. Desde el que da título a esta entrada, palo borracho -por su característica forma de botella- toborochi, yuchán, algodonero, palo botella, palo barrigudo, samohú, samuhú, ñandubay, o painero. [Intenten decirlo todo de corrido y ya verán qué cara se les queda]... y aunque crece más bien en los bosques cálidos y húmedos de las regiones tropicales y subtropicales de América Central y del Sur (generosa Wikipedia), del que yo escribo y recuerdo (escrivivo) se encuentra en Valencia, y, aquel día en que nos conocimos, el borracho era yo y el árbol, él, que quede claro. Nuestro vínculo nació fresco, como la mañana levantina, natural y espontáneo, y debido a mi esbornia de muy padre señor mío, en un principio creí que había dejado embarazo al tronco de tan abombado que estaba, y de sus púas, pensé que saldría criatura amorfa y ya marginada. Comprendan que durante toda aquella noche, mezclé vino (merlot de crianza de Utiel -Requena-, que a primeras horas y a primeras copas, suelo tener clase), licores varios (orujos, blancos y de hierbas, para mejor digerir el conejo a la cazadora que me metí en la andorga), y, para terminar, aunque nunca lo hiciera del todo, caldos escoceses de pura malta (a 10€ copazo, según marca... según marca del whiskey, no el tabernero, que todo hay que explicarlo, carajo). Así que imaginen en qué estado entablé conversación con ejemplar arbóreo tan soberbio como sobrio. No habré de explicar de qué charlamos, pues a mí se me entendía mal y el árbol, aturdido como estaba ante la escena humana y a su natural costumbre de apartar a extraños con sus endiablados clavos, sólo pudo pronunciar, en antiguo verbo, una exclamación de sus robustas ramas... algo parecido a o se aleja de mí, borracho inmundo, o llamo inmediatamente a la policía. Aunque procuré mantener el tipo (el de duro), me desanimé cuando comprobé que se había dado la vuelta para no escucharme más, en actitud de estudiante herido en su orgullo o castigado, según se mire.
Desde entonces no bebo ni gota de alcohol, ni falta que hace (más tarde leí en alguna parte que el Palo borracho no necesita apenas agua para soportar su recio porte y que crece ágil y sano si no hay viento que lo entorpezca). Yo mismo me hice sobrio y amigo de aquél que supo tratar como es debido a despojos y piltrafas callejeras con ganas de incordiar el bien merecido descanso de los seres vivos. Siempre que puedo, vuelvo a visitar a mi ilustre compañero de jarana, a quien puse de nombre, Jacinto, por ser éste impronunciable cuando estoy bebido más de lo debido (prueben, si no), procuro no abrazarle muy fuerte (véase foto superior izquierda) y le digo unas palabritas a modo de salve (quien pueda) o ditirambo:

Aquí yace tu hermano de sangre
en el vulgar nombre
,
cuya alma es como tus hirientes púas,
y se derrama

cálida
sobre la hojarasca
.

miércoles, 28 de enero de 2009

Anhelo de viento

Imaginen por un momento que seamos felices (no digo todos, obviamente, me refiero a mí, luego existo). ¿Qué haríamos después?
A nadie le gusta sufrir, ni siquiera a los masoquistas que mienten como bellacos (una azotaina en las nalgas, no es, precisamente, al sufrimiento del que hablo), pero son muy pocos los que disfrutan del placer de vivir, y, estos pocos suelen haber sufrido tanto que pasan desapercibidos entre la barahúnda de gritos y lamentos. Suelen ser callados y austeros, pasean sin ritmo tarareando una melodía o sonriendo a las esquina (he dicho bien, "a las esquinas", no "en las esquinas", que sería otra cosa). Son despistados o torpes, porque tropiezan sin querer con los escalones que sube ni bajan (Escher dixit) o con farolas que no alumbran, aman a los demás porque sí y porque de no hacerlo sería traicionar la razón (principio, axión...) por la que se levantan... mueren en el olvido sin ser nada y el resto no aprende de ellos pues si se fijan ni len ven ni les perciben. Ya digo, son escasos, y no hacen ruido, además no se juntan ni hacen pueblo, ni soberanos ni tiranos, ni filósofos reyes, ni participan ni se esconden, ni aconsejan ni reprochan... son pasajeros sin tiempo que no embarcaron ni se despidieron. No sé quiénes son y si alguna vez fueron. Sólo sé que no soy uno de ellos. A Dios gracias, porque no hay dios que los aguante. Panda de cretinos y canallas... van por la vida como quien se baña en la arena habiendo agua, pasean al gato y dan de comer al saciado, regalan espejos al moribundo, senderos minados al bartolomeo y muletas al lázaro, algunos escriben versos, otros los recitan (van de versos, vaya), todos hablan lenguas de tan sencillas que la Torre de Babel se vuelve Pisa, pues se inclina ante sus verbos y se olvida de Dios y de cumbres, suben a los árboles para contemplar el riesgo y el esfuerzo ajeno, luego bajan casi sin resuello, habiendo visto el bosque entero, no caminan sobre las aguas porque no lo intentan ni lo pretenden, se quedan en la orilla mirando un grano de concha o saludando a la espuma de la ola que regresa... Son como nosotros, pero sin preguntas, de hecho, creo están muertos. Es decir, fueron como nosotros, dejaron de serlo, y, por eso, sonríen y se muestran satisfechos.
Os pregunto de nuevo: si fuéramos felices, ¿qué haríamos luego?

Todo verso

[Dedicado, a quién si no, a mi esposa, cuyas mañanas son versos que escrivivo y gozo]

Voces que no son voces, sino gritos en la ausencia.
Algunos de mis seres más cercanos dicen que es mi mejor verso. Al principio me halagaba, pero con el paso de los años, me ha llegado a irritar, pues siguen diciendo lo mismo y, o una de dos, el verso es tan bueno que oscurece al resto, o el resto es tan mediocre que elegir es un acto humanitario. Se han puesto de acuerdo sin conocerse, siquiera, entre ellos. A mí el (uni) verso me parece bastante vulgar, quince sílabas [alejandrazo] y necesita de otro para adquirir profundidad y sentido. Personalmente prefiero, claridad temprana de lasciva musicalidad, con dieciséis, qué le vamos a hacer, pero expresa una emoción salvaje y cotidiana que dejamos pasar de largo como el que despide a un amigo a quien más tarde ha de ver. Pues siendo la poesía un océano vertiginoso, nos devuelve y nos recupera (mareados) al origen de nosotros mismos.
Siceramente, creo que no soy buen poeta, ni rimador, ni rapsoda... si escribo versos no es por otra razón (siempre hay otra, más oculta) que no me acostumbro a la vida. La vida no es que sea tampoco muy comprensiva con los "elegidos" (privilegiados sin nombre y sin gloria que rozan la esencia y la substancia y luego la palman). Y ya puestos y con perdón: el vértice de la mirada ausente (endecasílabo, al fin) hace al hombre una bestia intranquila (otro más, que cuando me pongo, no hay quien me saque) es lo mejor que esta noche sin tregua he conquistado. ¡Verso hideputa... Menudo amigo!

[Nota: el del centro de la foto no soy yo, qué mas quisiera. Os propongo -a los dos seguidores de mi blog- averigüar quiénes son los que aparecen en la susodicha. Con la aportación de la primera frase de esta nota, ya os he dado una pista muy concreta y esclarecedora. Inserten sus respuestas en los comentarios, y, ya de paso, me ayudan a quitarme esta desazón que me ahoga cada vez que miro la foto de marras]

sábado, 24 de enero de 2009

El 'arrepío' del Facundo [dedicado a Lo Garrofer]


Defínese "arrepío", según el Diccionario de Palabrejos y Estrambóticos, como "arrebato o arte de pasar de un estado de calma encomiable a otro de basilisco como alma que se lleva el diablo. Hay veces que se vuelve y otras que no. Vaya por Dios".
Facundo era de natural quedo tirando a bobalicón, con esa mirada tan característica de los que se han pasado horas librando una ardua batalla por dar con la palabra adecuada para cada momento. Barba de tres días y medio, hirsuta y republicana (a tres bandas y colores). Las manos como de "por tu madre, no me des un guantazo, que me reviras pá dentro", patizambo y con un andar de estornino despistado. Hablar, hablaba poco y cuando lo hacía, lo hacía para pedir... un café, confesión al padre Eustaquio, prestado y, de vez en cuando, cuando la ocasión era propicia (todos los martes, dios mediante), una manuela a la prima Obdulia (todo queda en casa), que era menesterosa y muy limpia.
Teníase por cierto que Facundo, a la edad de trece años, fue mordido por una gineta (animal dócil donde los haya, tímido y curioso, pero en absoluto regañado a la manera de los cimarrones); al volver a casa, el padre, que respondía al apodo de "Barrabar" (hagan un esfuerzo y comprenderán por qué) le mejoró la autoestima al pobre infante con un soberbio pasagonzalo y unas palabras ininteligibles para la especie humana (recuerden los globos del gran Ibáñez en las viñetas de "Mortadelo y Filemón", y se harán una idea de lo que le dijo). La mordida del vivérrido dejó a Facundo aturdido unos días (también ayudó el hostiazo del tierno "Barrabar") y, desde entonces, ya recuperado del susto, el punzante dolor y la sacudida en el adolescente orgullo, Facundo nunca fue el mismo y empezó a parecerse al personajillo descrito líneas más arriba.
No respondía a pregunta alguna, a no ser que fuera sobre nombres de cirros (todos inventados, por cierto) de los que era un maestro (mejor, el maestro, que no hay nadie que sepa de estas cosas de nubes, ni siquiera la nefeleyeretis del pueblo, la anciana Elvira). Llamaba a la nube en forma de coma, "virga" y a la rayada turbulenta y acristalada, "albedo". Tenía, además, por costumbre, a la manera de Diógenes de Laercio, recolectar cachivaches de variado jaez: cabellos de personas alcanzadas por un rayo (muy frecuente por estos vientos), cortezas de árboles muertos, cadáveres de bichos (en especial de hormigas y procesionarias) y hasta -ya hay que ser raro, coño- aguas residuales que guardaba en botes para hacer mejunjes de alquimista y luego bebía con denodado estoicismo todas las mañanas antes de emprender sus rocambolescas caminatas.
Todo esto viene a cuento del arrepío que da título a este recordatorio. Como los años transcurrían sin permiso y a toda leche, Facundo fue perdiendo las maneras (que eran pocas, para qué engañarnos), sin darse apenas cuenta y sin importarle una higa, llegando a un punto que ni los perros ni gatos se le acercaban (el olor corporal era muy suyo, de hecho, no se conocía otro igual). Una tarde, harto de culos de vino que la parroquia le dejaba por misericordia de borrachos (no olvidemos el brebaje matinal del que hablaba antes), se produjo el hecho insólito, el susodicho arrepío, sin previo aviso, sin presunta razón, sin habeas corpus y, ya puestos, sin motivo. Facundo se estiró casi un palmo, se alisó el poco pelo que le quedaba con la saliva (como hacía su madre cuando niño para adecentarle el aspecto), se arremangó, mostrando las escarpias en los antebrazos, cogió carrerilla y le hizo un hijo a la prima Obdulia en menos que canta un gallo. Satisfecho y con la conciencia de un cuco, se tiró para el monte y no se le volvió a ver hasta pasados dos lustros, como dos soles. Bajose hasta la casa de la tenida prima, le espetó dos besos en los carrillos, preguntó por su vástago, le vio y reconociole. Derramó dos parcas lágrimas y se lo llevó de paseo, para desconcierto de toda la villa, orgulloso, viril, incluso amenazante, y ya desde la plaza Mayor se dirigió a propios y extraños con estas propias y extrañas palabras:
"Soy Facundo, el del arrepío, y vengo a pediros que cuidéis de este mi retoño (el niño, al que Obdulia había bautizado con el nombre de Renato, estaba casi ido, con un acojono de no te menees) y le mostréis el debido respeto que a mí me negasteis. Como me entere (y me enteraré) de que no cumplís con esto que os reclamo, me bajo otra vez del monte y me lío a tiros, empezando por usted, padre, y terminando con el otro padre, el Eustaquio. Por la bendita gineta que me mordió, lo juro." Y fuese, sin arrepío, temeroso de Dios, con las manos atrás, cruzadas, mirando al cielo carnavalesco, desvergonzado y suelto como quien cambia su destino.

jueves, 1 de enero de 2009

Esta leche no está buena y mañana es Navidad

Un día corriente, si no fuera porque es Navidad. ¡Vaya por Dios! Procuro organizarme según la tradición, manteniendo siempre firme el compromiso con la familia (esa hueste insoportable e inevitable que acaba invadiendo tu hogar y lo hace suyo), una sonrisa acaudalada para cada broma estúpida, un encogimiento de hombros para cada una de las sugerencias/consejos/advertencias de alguno de tus cuñados listos; oh, y que no se me olvide, una gran carcajada para el suegro que hace repaso de sus éxitos mientras se atraganta con mi maldito carabinero y mi vino (y digo "mi", porque el posesivo me hace sentir dueño y señor de un espacio, un entorno, un ambiente... construido durante todo un año por mí y mi mujer). ¡Viva la puta fiesta de diciembre! Caramba con el Cristo de los mirras y no te reflejas. No podía haber nacido en verano, coño. Todo sea para que al despedir a los parásitos, no quepa duda de que volverán al año siguiente, para seguir chupándote la 'mala' sangre que aún te queda. ¡Joder! Siempre me digo, en silencio y frente a una reproducción de "Las tres Gracias" de Rubens que tengo en el cuarto de baño: "El próximo año, me cagüen en tó, invito a tres vagabundos que me hagan de reyes magos y me traigan farlopa, costo y cachaza, se desnuden delante de mi siempre querida suegra, con los gestos más obscenos que imaginar se pueda de tres tíos que miran a poniente, y de regalo, tengan tatuado un belén en los mismísimos cojones y cuelguen de ellos bonitas corbatas para el alcornoque de mi padre político, un libro de plantas medicinales para mi suegra y, qué no falte, la virgen, eso, la virgen de mi sobrina (27 años y del Opus), un buen papel secante para ambos agujeros corporales!
Y, que conste, me encantan estas fiestas de muerte y desasosiego... son lo mejor para acabar el jodido año que he tenido y no he compartido con nadie (salvo los de todos los días), precisamente, porque me dan una idea de lo que va a ser el siguiente. Fe, esperanza y caridad. ¡Tómate ésas con turrón, pedazo de ingenuo! Los sobrinos crecen y aprenden, los hijos tienen ya cita, los suegros crecen (se deterioran) y nunca aprenden (siempre enseñan), los cuñados beben cada vez más y más se amargan y el maravilloso invento del teléfono... y Cristo, joder con Cristo, la que ha montado... de ahí "se montó un cristo, o ¡vaya cristo se ha montado!". Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. No se detengan por mí, mañana se habrán ido y los gritos y enfados y amenazas permanecerán en casa... como debe ser.

martes, 30 de diciembre de 2008

A propósito de una patada en los genitales

Se ha confirmado la sentencia que obliga a pagar 420 euros a un señor que propinó (de "propina") una tremenda patada en los mismísimos a otro señor sin capacidad para responder, pues fue tal el dolor, que aprendió euskera a grito pelado, viendo la injusta agresión/invasión a su pudendo y sufrido pueblo genital sin venir a cuento (o a cuenta) de un paisa entusiasmado con el discurso del lehendakari vasco. En declaraciones a Fefe, el agresor expresó su asombro (también en vascuence) ante tamaña multa (210 euros por testículo).

- Con gusto y gratis, le hubiera yo arreado dos hostias en la cara ésa de "besabanderas". De saber que me iba a costar casi 500 euros, me calzo las botas de mi abuelo con remaches de acero en la punta, coño.

Desde distintos medios de comunicación se han intentado obtener algunas palabras del agredido, pero ante los insólitos hechos en tierras tan civilizadas, sólo pudo prorrumpir en lágrimas fecundas (al parecer, es lo único fecundo que le queda), acompañadas de un romántico grito de guerra: "Me cago en la libertad".


Mr. Blog

Hace algún tiempo (corrían los años del desagrado y la confusión) conocí a un individuo sin nombre ni domicilio fijos, con cara de pocos amigos (a decir verdad, conservaba uno de la infancia con el que no se hablaba porque, entre otras razones, no sabían dónde encontrarse) y unas ganas terribles de hablar. Por aquel entonces yo era apocado (poca cosa, vaya), triste (a la manera romántica, es decir, un tanto, falsa) y bohemio tirando a despropósito humano (expresión paterna convertida con el paso de los años en saludo familiar). Llevaba bajo el brazo un mamotreto ajado por el uso, cuyo título recordarán sólo aquellos que tuvieran por costumbre, primero, leer, y, más importante, alardear de lo leído: "El oficio de escrivivir". Aquella mañana, precisamente, no andaba yo muy católico, entre perro abandonado y actor venido a menos, con cuatro copas de más y un pie fuera del estribo. Era otoño y venía con mala uva, el otoño, se entiende, aunque yo no le iba a la zaga. Me senté en un banco retirado del bullicio de unas palomas y un par de urracas bien alimentadas y se me acercó el señor del principio con una sonrisa antigua y unos no dientes, sin permiso.

- Tenga usted buenos días. ¿Importuno?
- No sabría decirle, pero gracias.

- Continúe con lo que estaba haciendo.
- Eso hago, buen hombre.
- Hasta mañana, entonces.

Y así surgió la muy comentada amistad entre un servidor y Mr. Blog.