sábado, 24 de enero de 2009

El 'arrepío' del Facundo [dedicado a Lo Garrofer]


Defínese "arrepío", según el Diccionario de Palabrejos y Estrambóticos, como "arrebato o arte de pasar de un estado de calma encomiable a otro de basilisco como alma que se lleva el diablo. Hay veces que se vuelve y otras que no. Vaya por Dios".
Facundo era de natural quedo tirando a bobalicón, con esa mirada tan característica de los que se han pasado horas librando una ardua batalla por dar con la palabra adecuada para cada momento. Barba de tres días y medio, hirsuta y republicana (a tres bandas y colores). Las manos como de "por tu madre, no me des un guantazo, que me reviras pá dentro", patizambo y con un andar de estornino despistado. Hablar, hablaba poco y cuando lo hacía, lo hacía para pedir... un café, confesión al padre Eustaquio, prestado y, de vez en cuando, cuando la ocasión era propicia (todos los martes, dios mediante), una manuela a la prima Obdulia (todo queda en casa), que era menesterosa y muy limpia.
Teníase por cierto que Facundo, a la edad de trece años, fue mordido por una gineta (animal dócil donde los haya, tímido y curioso, pero en absoluto regañado a la manera de los cimarrones); al volver a casa, el padre, que respondía al apodo de "Barrabar" (hagan un esfuerzo y comprenderán por qué) le mejoró la autoestima al pobre infante con un soberbio pasagonzalo y unas palabras ininteligibles para la especie humana (recuerden los globos del gran Ibáñez en las viñetas de "Mortadelo y Filemón", y se harán una idea de lo que le dijo). La mordida del vivérrido dejó a Facundo aturdido unos días (también ayudó el hostiazo del tierno "Barrabar") y, desde entonces, ya recuperado del susto, el punzante dolor y la sacudida en el adolescente orgullo, Facundo nunca fue el mismo y empezó a parecerse al personajillo descrito líneas más arriba.
No respondía a pregunta alguna, a no ser que fuera sobre nombres de cirros (todos inventados, por cierto) de los que era un maestro (mejor, el maestro, que no hay nadie que sepa de estas cosas de nubes, ni siquiera la nefeleyeretis del pueblo, la anciana Elvira). Llamaba a la nube en forma de coma, "virga" y a la rayada turbulenta y acristalada, "albedo". Tenía, además, por costumbre, a la manera de Diógenes de Laercio, recolectar cachivaches de variado jaez: cabellos de personas alcanzadas por un rayo (muy frecuente por estos vientos), cortezas de árboles muertos, cadáveres de bichos (en especial de hormigas y procesionarias) y hasta -ya hay que ser raro, coño- aguas residuales que guardaba en botes para hacer mejunjes de alquimista y luego bebía con denodado estoicismo todas las mañanas antes de emprender sus rocambolescas caminatas.
Todo esto viene a cuento del arrepío que da título a este recordatorio. Como los años transcurrían sin permiso y a toda leche, Facundo fue perdiendo las maneras (que eran pocas, para qué engañarnos), sin darse apenas cuenta y sin importarle una higa, llegando a un punto que ni los perros ni gatos se le acercaban (el olor corporal era muy suyo, de hecho, no se conocía otro igual). Una tarde, harto de culos de vino que la parroquia le dejaba por misericordia de borrachos (no olvidemos el brebaje matinal del que hablaba antes), se produjo el hecho insólito, el susodicho arrepío, sin previo aviso, sin presunta razón, sin habeas corpus y, ya puestos, sin motivo. Facundo se estiró casi un palmo, se alisó el poco pelo que le quedaba con la saliva (como hacía su madre cuando niño para adecentarle el aspecto), se arremangó, mostrando las escarpias en los antebrazos, cogió carrerilla y le hizo un hijo a la prima Obdulia en menos que canta un gallo. Satisfecho y con la conciencia de un cuco, se tiró para el monte y no se le volvió a ver hasta pasados dos lustros, como dos soles. Bajose hasta la casa de la tenida prima, le espetó dos besos en los carrillos, preguntó por su vástago, le vio y reconociole. Derramó dos parcas lágrimas y se lo llevó de paseo, para desconcierto de toda la villa, orgulloso, viril, incluso amenazante, y ya desde la plaza Mayor se dirigió a propios y extraños con estas propias y extrañas palabras:
"Soy Facundo, el del arrepío, y vengo a pediros que cuidéis de este mi retoño (el niño, al que Obdulia había bautizado con el nombre de Renato, estaba casi ido, con un acojono de no te menees) y le mostréis el debido respeto que a mí me negasteis. Como me entere (y me enteraré) de que no cumplís con esto que os reclamo, me bajo otra vez del monte y me lío a tiros, empezando por usted, padre, y terminando con el otro padre, el Eustaquio. Por la bendita gineta que me mordió, lo juro." Y fuese, sin arrepío, temeroso de Dios, con las manos atrás, cruzadas, mirando al cielo carnavalesco, desvergonzado y suelto como quien cambia su destino.

jueves, 1 de enero de 2009

Esta leche no está buena y mañana es Navidad

Un día corriente, si no fuera porque es Navidad. ¡Vaya por Dios! Procuro organizarme según la tradición, manteniendo siempre firme el compromiso con la familia (esa hueste insoportable e inevitable que acaba invadiendo tu hogar y lo hace suyo), una sonrisa acaudalada para cada broma estúpida, un encogimiento de hombros para cada una de las sugerencias/consejos/advertencias de alguno de tus cuñados listos; oh, y que no se me olvide, una gran carcajada para el suegro que hace repaso de sus éxitos mientras se atraganta con mi maldito carabinero y mi vino (y digo "mi", porque el posesivo me hace sentir dueño y señor de un espacio, un entorno, un ambiente... construido durante todo un año por mí y mi mujer). ¡Viva la puta fiesta de diciembre! Caramba con el Cristo de los mirras y no te reflejas. No podía haber nacido en verano, coño. Todo sea para que al despedir a los parásitos, no quepa duda de que volverán al año siguiente, para seguir chupándote la 'mala' sangre que aún te queda. ¡Joder! Siempre me digo, en silencio y frente a una reproducción de "Las tres Gracias" de Rubens que tengo en el cuarto de baño: "El próximo año, me cagüen en tó, invito a tres vagabundos que me hagan de reyes magos y me traigan farlopa, costo y cachaza, se desnuden delante de mi siempre querida suegra, con los gestos más obscenos que imaginar se pueda de tres tíos que miran a poniente, y de regalo, tengan tatuado un belén en los mismísimos cojones y cuelguen de ellos bonitas corbatas para el alcornoque de mi padre político, un libro de plantas medicinales para mi suegra y, qué no falte, la virgen, eso, la virgen de mi sobrina (27 años y del Opus), un buen papel secante para ambos agujeros corporales!
Y, que conste, me encantan estas fiestas de muerte y desasosiego... son lo mejor para acabar el jodido año que he tenido y no he compartido con nadie (salvo los de todos los días), precisamente, porque me dan una idea de lo que va a ser el siguiente. Fe, esperanza y caridad. ¡Tómate ésas con turrón, pedazo de ingenuo! Los sobrinos crecen y aprenden, los hijos tienen ya cita, los suegros crecen (se deterioran) y nunca aprenden (siempre enseñan), los cuñados beben cada vez más y más se amargan y el maravilloso invento del teléfono... y Cristo, joder con Cristo, la que ha montado... de ahí "se montó un cristo, o ¡vaya cristo se ha montado!". Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. No se detengan por mí, mañana se habrán ido y los gritos y enfados y amenazas permanecerán en casa... como debe ser.

martes, 30 de diciembre de 2008

A propósito de una patada en los genitales

Se ha confirmado la sentencia que obliga a pagar 420 euros a un señor que propinó (de "propina") una tremenda patada en los mismísimos a otro señor sin capacidad para responder, pues fue tal el dolor, que aprendió euskera a grito pelado, viendo la injusta agresión/invasión a su pudendo y sufrido pueblo genital sin venir a cuento (o a cuenta) de un paisa entusiasmado con el discurso del lehendakari vasco. En declaraciones a Fefe, el agresor expresó su asombro (también en vascuence) ante tamaña multa (210 euros por testículo).

- Con gusto y gratis, le hubiera yo arreado dos hostias en la cara ésa de "besabanderas". De saber que me iba a costar casi 500 euros, me calzo las botas de mi abuelo con remaches de acero en la punta, coño.

Desde distintos medios de comunicación se han intentado obtener algunas palabras del agredido, pero ante los insólitos hechos en tierras tan civilizadas, sólo pudo prorrumpir en lágrimas fecundas (al parecer, es lo único fecundo que le queda), acompañadas de un romántico grito de guerra: "Me cago en la libertad".


Mr. Blog

Hace algún tiempo (corrían los años del desagrado y la confusión) conocí a un individuo sin nombre ni domicilio fijos, con cara de pocos amigos (a decir verdad, conservaba uno de la infancia con el que no se hablaba porque, entre otras razones, no sabían dónde encontrarse) y unas ganas terribles de hablar. Por aquel entonces yo era apocado (poca cosa, vaya), triste (a la manera romántica, es decir, un tanto, falsa) y bohemio tirando a despropósito humano (expresión paterna convertida con el paso de los años en saludo familiar). Llevaba bajo el brazo un mamotreto ajado por el uso, cuyo título recordarán sólo aquellos que tuvieran por costumbre, primero, leer, y, más importante, alardear de lo leído: "El oficio de escrivivir". Aquella mañana, precisamente, no andaba yo muy católico, entre perro abandonado y actor venido a menos, con cuatro copas de más y un pie fuera del estribo. Era otoño y venía con mala uva, el otoño, se entiende, aunque yo no le iba a la zaga. Me senté en un banco retirado del bullicio de unas palomas y un par de urracas bien alimentadas y se me acercó el señor del principio con una sonrisa antigua y unos no dientes, sin permiso.

- Tenga usted buenos días. ¿Importuno?
- No sabría decirle, pero gracias.

- Continúe con lo que estaba haciendo.
- Eso hago, buen hombre.
- Hasta mañana, entonces.

Y así surgió la muy comentada amistad entre un servidor y Mr. Blog.